martes, 25 de abril de 2017

LA PRIMERA PIEDRA!!!


Allí estaba. Con el rostro ladeado hacia la izquierda y el manto arremolinado sobre las rodillas. Con las tablas de la ley apoyadas sobre el antebrazo derecho, mientras su mano mesaba los cabellos rizados de su barba. Los músculos de sus piernas, tensos, convirtiendo en infinito el segundo que tarda un cuerpo humano en levantarse. Era Moisés. No cabe duda alguna. Y Miguel Ángel no podía dejar de examinar la pieza, incapaz de encontrar en ella ni una sola arruga más, ni una menos, que pudiese darle un realismo aún mayor a la figura del caudillo hebreo… Aunque… Bien visto, algo había, algo quedaba, algo le faltaba, una sola cosa… La propia vida. Y el escultor, enojado consigo mismo, ante la imposibilidad de hacer respirar a la piedra y sujetando el cincel con todas sus fuerzas, golpeó la rodilla derecha de la estatua, al tiempo que preguntó: “¿Por qué no me hablas?”. Todos los que hoy en día visiten la tumba del Papa Julio II en San Pietro in Vincoli pueden contemplar todavía la huella de aquel golpe, hiriendo la superficie pulida del mármol.

“¿Por qué no me hablas?”. ¿Cuántas veces nos hemos formulado nosotros esa misma pregunta? Cada vez que parece que no hay contestación a nuestras plegarias; cada vez que pedimos algo irrealizable; cada vez que condicionamos nuestra fe a una manifestación milagrosa que nos haga creer sin dejar margen a la duda; cada vez que, como niños malcriados, nos mortificamos porque no se ha hecho nuestra voluntad… Y nuestro cincel, como en la mano de Miguel Ángel, se revuelve y golpea. Y, más que en ningún otro momento, nos parece que Dios pueda ser tan solamente un ídolo de piedra, una escultura sin alma, una simple invención de nuestros antepasados, el opio del pueblo, el consuelo estúpido de aquel que se siente temeroso de disiparse en el silencio de la nada.

Una de las tentaciones a las que debemos acostumbrarnos es, precisamente, a la noche oscura del alma. Una crisis de fe llega, muchas veces, sin previo aviso. Puede que se quede para siempre. Puede que encontremos alguna distracción que la aleje de nuestros pensamientos. Puede que terminamos comprendiendo que es sólo el producto de nuestras propias contradicciones humanas y que, como Santo Tomás, buscamos una prueba definitiva, un amasijo de carne, piel, sangre y músculo atravesado por la lanza de Longinos donde poder hundir nuestros dedos hasta alcanzar las costillas. Una crisis de fe, en realidad, nos revela, simplemente, el material del que nosotros mismos estamos hechos: De humanidad. Y aprender a lidiar con nuestra propia humanidad es primordial de cara a empezar a comprender la divinidad de Cristo Jesús, de Dios Padre y del Espíritu Santo.

Si hablamos de materiales, aquella escultura de Moisés estaba labrada en mármol blanco, una de las piedras más apreciadas por los tallistas. Si a Miguel Ángel le hubiesen dado un enorme bloque de alabastro, blando y frágil; o de diorita, dura o impracticable; o de mica, cuyas escamas se deshacen con el simple roce de los dedos;  o de granito, cuyo acabado se vuelve tosco y con el tiempo se pulveriza como la arenisca…; su obra maestra nunca habría podido ser tan sincera, tan perfecta, tan bella, tan realista. Así es el alma humana, una mezcla informe de cuarzo, diorita, alabastro, granito, yeso y diamante, con sus sus vetas y oquedades, con sus defectos y virtudes. Y permanecemos en medio de esta confusión, creyendo ser el escultor cuando, en realidad, no pasamos de ser ese bloque duro, resquebrajado, lleno de asperezas e imperfecciones, cuando quisiéramos ser en realidad un magnífico cubo de mármol blanco extraído de las canteras de Carrara.

“¿Por qué no me hablas?”. Nos dice Dios. “¿Por qué no me miras?”, “¿Por qué no me abrazas?”, “¿Por qué no me buscas?”, “¿Por qué no confías en mí?”, va repitiendo, una y otra vez, mientras nosotros seguimos en silencio, como Moisés, con los músculos tensos, pero incapaces de echar a caminar de una vez y por todas en la dirección que nos lleva a encontrarnos con Cristo Jesús. Aturdidos. Insensatos. Como faltos de vida. Como inmunes al amor. Creyendo que el golpe de ese cincel en nuestras rodillas es un ataque, un asalto, una amenaza, una condena, un castigo, en lugar de un chasquido que pretende resucitarnos de entre los muertos, insuflarnos el aliento, animarnos a seguir el ejemplo del Evangelio, para que se pueda cumplir en nosotros la promesa de nuestro Padre Celestial: “Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de sus entrañas el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ezequiel, 11:19).

Alfonso Daniel

No hay comentarios:

Publicar un comentario