sábado, 21 de octubre de 2017

EL PADRE DE LA NOVIA!!!


Pareciera que el amor romántico llevase con nosotros toda la vida, desde que el hombre es hombre… Desde aquel mismo instante en que un Australopithecus se apeó del árbol y miró, al contraluz de un atardecer, una hembra de su misma especie bebiendo agua de un lago sobre cuyas aguas anidaban unos cisnes, mientras la música de unos violines amenizaba la escena… Lo cierto es que el amor romántico apenas tiene un par de siglos de existencia. Nació cuando un grupo de artistas, los románticos, se pusieron de acuerdo para escribir poesías o novelas ensalzando las pasiones desmedidas, incontrolables y generalmente trágicas, de los enamorados. En realidad, el amor romántico no lo crearon los escritores románticos, plenamente conscientes de la ficción poética, sino sus lectores, más persuadidos, en mayor o menor medida, de que todo aquello podría plasmarse en la vida cotidiana.

No nos engañemos. Hasta mediados del siglo XIX nadie se casaba por amor. Pensamos que los matrimonios concertados por pura conveniencia fueron cosa de dinastías reales, de reyes, príncipes, condes, duques, señoritos y burgueses, olvidándonos de que hasta los más pobres tenían que pasar por vicaría después de que entre sus respectivos padres se rubricase la escritura de dote y concierto matrimonial. Y lo hicieron vecinos con vecinos, amigos con amigos, parientes con parientes..., buscando siempre a alguien que aceptase sus condiciones económicas, su poder adquisitivo, quien más más, quien menos menos, mientras el amor que se profesasen sus hijos era lo de menos, un factor secundario. Nunca se les preguntaba si habían discernido su vocación al matrimonio, a la vida familiar, o si sentían en su corazón un amor puro e incondicional hacia sus futur@s espos@s. L@s más afortunad@s, se veían forzad@s a acudir a su propia boda después de un escarceo nocturno o un embarazo fortuito, única forma que tenían de intervenir en el proceso de elección.

Hace dos mil años la situación era aún peor… Nos llega con imaginar las noticias que, todavía hoy, nos llegan desde la India sobre niñas compradas por sus futuros maridos, adultos o incluso ancianos, para presuponer cómo hubo de ser el trato recibido antaño por las mujeres en el judaísmo, donde por causa de Eva su género no era más que un cero a la izquierda del cero de la izquierda… Todo lo cual me lleva a experimentar una gran compasión, una enorme empatía, hacia la mujer adúltera, ésa que se vio liberada de sus acusadores gracias a la intervención generosa de Jesús: Una mujer que, como todas las de su tiempo, en su niñez hubo de ser vendida al mejor postor, desflorada por un hombre mucho más mayor que ella, obligada a una relación sin amor en la que jamás tendría ni voz ni voto, cocinera, lavandera, vientre de alquiler, niñera y, en definidas cuentas, esclava de ese hombre que, por la ley, tenía la potestad de violarla cada vez que llegaba a su casa con ganas de sexo. Es la vida de cualquier mujer de aquel tiempo. Con la salvedad de que la mujer adúltera tuvo la desgracia de descubrir el amor romántico en los brazos de otro hombre.

No. Desde luego no puedo juzgar los pecados del marido, creyéndose dueño y señor de la vida de otra persona. Tampoco puedo juzgar a la turba de acusadores que quería apedrearla, creyéndose jueces y verdugos. No. No estoy llamado a juzgar a nadie, sino a mirar al prójimo con los ojos de la misericordia. Además, no puedo mirar y analizar la cultura del siglo I a través de las gafas del siglo XXI. Pero, aun así, no deja de dolerme el hecho de que sigamos sin comprender que, conociendo sus circunstancias, ninguna culpa había en la mujer. Absolutamente ninguna. No deja de dolerme que se malinterpreten las palabras de Jesús, después de que todos los que la habían condenado se fuesen sin arrojar ni la primera piedra, cuando dijo: “Vete y no peques más”. Y asumimos que, desde la perspectiva de Jesús, la mal llamada adúltera había pecado.

¿Es que Jesús no la conocía de antemano? ¿Acaso no había sufrido con ella en cada una de sus lágrimas? ¿No había tratado de restaurar su corazón después de que sus padres le revelasen que un hombre la había comprado, como si de una mercancía se tratase? ¿No se había roto por dentro al descubrir cómo el marido la desnudaba y la doblegaba por la fuerza? ¿No había sido testigo de la penosa situación a la que cada día ella era sometida? ¿No la había consolado a través de las dulces palabras de los caseros y los consejos de la tendera? ¿No había sentido la inmensa emoción de ella al sentirse querida, por fin, por otra persona? ¿No compartía, de veras, su misma felicidad? ¿No le había jurado también él, otro amor igual de verdadero, total e incorruptible, que lo llevaría a morir en lugar de ella, clavado a los maderos de la cruz?

Sí. Jesús lo sabía. Lo sigue sabiendo. Hoy, antes de sellar cualquier unión ante la faz de la Santa Iglesia debe mediar un expediente matrimonial, donde el sacerdote demuestra, a través de las declaraciones de los contrayentes y de los testigos, que ambos acceden libremente a esta unión. Es éste un requisito indispensable. De no ser así, dice el derecho canónico, el matrimonio resulta inválido, nulo, ante los ojos de Dios. Es como si jamás hubiese existido. Por eso, ante los ojos de Jesús, aquel matrimonio de la adúltera, no podía ser más que una farsa, una pantomima escenificada en medio de aquella cultura escasamente avanzada en cuestiones sociales. “Vete y no peques más”. No porque hayas pecado, muchacha. Porque ha sido el mundo el que ha pecado contra ti. Pero si ahora te dijese otra cosa, volverán a traerte a esta palestra. Tratarán otra vez de lapidarte y, si no saben de mí, si no me conocen, si aún no han recibido mis buenas noticias, acabarán lo que hoy quisieron empezar… Por eso, hoy sólo puedo salvarte pidiendo que asumas la ley, que no vuelvas a repetir tu conducta.

Lo más triste de todo es que, dos mil años después, se siguen condenando en nombre de Dios, en nombre de la ley, en nombre de la moral, falsos delitos, falsos crímenes, tan falsos como el de aquella mujer adúltera que nunca conoció el adulterio.

Alfonso Daniel

viernes, 20 de octubre de 2017

QUÉ CARA!!!


En apariencia, todas las monedas constan de una cara y de una cruz, indivisibles la una de la otra. De hecho, sólo los tramposos y los crupieres de los casinos saben dónde conseguir monedas con dos caras o dos cruces... No extraña, por tanto, que aquellos denarios que se destinaban en la Judea de hace dos mil años a pagar los tributos de Roma mostrasen la efigie del Emperador, con su cara y con su cruz. Como dijo Jesús: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Respondiéronle: Del César. Entonces les replicó: ¡Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!” (Mateo 22, 20-21). La duda surge al imaginar cómo son las monedas de Dios porque, ¿cuál es su verdadero rostro, cuál su auténtica cara? ¿Será la de ese anciano bonachón que peina canas y goza de barba bien poblada? ¿O se corresponderá con el ojo que todo lo ve, en medio del triángulo místico de la Trinidad? ¿Quizás se trate del perfil grabado en negativo sobre la Síndone de Turín? ¿O del joven melenudo y apuesto que aparece en nuestros crucifijos?

En lo tocante al verdadero rostro de Dios, todo son incógnitas. Su cara es desconocida, más allá del sincretismo religioso llevado a cabo por los primeros cristianos, al trasplantar sobre su piel unas facciones robadas a Zeus y compartidas con Júpiter, su homólogo romano, el viejo y arrugado padre de los dioses. Por su parte, la Santa Faz es, también, producto de unos cánones artísticos perpetuados por la replicación, una y otra vez, del mismo modelo, cuyo origen real se remonta a la noche de los tiempos. Admitámoslo: No, no tiene sentido. La cara de un Dios omnipresente, omnisciente, omnipotente..., omnímodo aunque intangible, no se puede plasmar sobre el dorso de un denario, no puede ser garabateada por los diseñadores de la Real Casa de la Moneda y Timbre. No. Y es que la moneda de Dios, la única de curso legal en el Reino de los Cielos, no tiene cara: Sólo tiene cruz, la cruz con la que Dios compró la redención de todo el género humano.

Estas monedas a las que me refiero no nos sirven a los hombres. Ningún valor tienen en este mundo. Con ellas no se puede ni comprar ni vender nada que dependa de las esferas de lo material. En estas monedas, lo contante y lo sonante sólo afecta al alma, ya no sólo por haber sido contrapartida de nuestra salvación, sino porque con ellas Dios ha querido comprar, igualmente, nuestro pasaje definitivo a la vida eterna. Era costumbre entre griegos y romanos que los muertos fuesen enterrados con una moneda sobre cada ojo y otra debajo de la lengua, el óbolo, a fin de pagar a Caronte, el barquero del inframundo, el viaje a través de los sinuosos ríos del infierno. Estas tres monedas satisfacían, por decirlo de alguna manera, el billete a los Campos Elíseos, pues a la hora de pagar tributos, griegos y romanos incluso tenían que pagar un impuesto especial para poder gozar de la vida en el más allá. Por el contrario, Jesús, con sus monedas sin cara, sólo con cruz, se cercioró de regalar la resurrección a todos los cristianos. Sin escatimar en gastos. Cargándolo todo a su cuenta, sobre su espalda, en los agujeros de los clavos y la hendidura de su costado…

Lo sé. Nuestras monedas siguen siendo como aquellos denarios romanos, pensados para enriquecer las arcas del César, pero acuñadas con el rostro de nuestros actuales reyes, esos otros reyes de lo transitorio que se limitan a llenar los falsos vacíos de nuestra voracidad terrenal. Muy a nuestro pesar, no nos llevaremos de este mundo nada que podamos cargar con nuestras manos. De ahí que debamos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; que debamos dar al César las corbatas, los zapatos, los relojes, las bicicletas, los deportivos, el maquillaje, las joyas, el cine, las almohadas, los juguetes, la música, la electricidad, los teléfonos móviles, la lencería, las tarjetas de crédito, los idiomas, la colonización cultural, los campos de fútbol, las ametralladoras, el invierno, las fiestas, los fuegos artificiales, las baratijas, los jardines, la fama, etcétera... ¡Démoselo! ¡Démoselo todo! ¡Con alegría! ¡Demos a la tierra lo que es de la tierra y a Dios lo que es de Dios...!

Especialmente, a Dios lo que es de Dios:
Nuestras almas, por las que tan alto precio pagó.

Alfonso Daniel

martes, 17 de octubre de 2017

COMO SPIDERMAN CON LAS ARAÑAS!!!


“Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!” nos dice Jesús (Mateo 7, 7-11). Debo admitir que siempre había contemplado estas palabras desde una perspectiva amplia, genérica, desligada de su literalidad. Hasta que finalmente recapacité sobre las necesidades de esos hijos metafóricos que claman a su Padre, pidiéndole pan y pidiéndole pescado… Lo mismo que cinco panes y dos peces fueron manjar suficiente como para calmar el voraz apetito de multitudes, hambrientas de Dios, necesitadas de su Santo Espíritu (Marcos 6,30).

El pan, la eucaristía, es Jesús mismo, tal y como se manifestó a sus comensales, a sus amigos, a sus hermanos, la misma víspera antes de ser crucificado y mortificado hasta expiar las culpas de todos los que hemos pisado y pisoteado esta tierra… Hay quienes, incapaces de vibrar con su cercanía, de experimentar la presencia viva de Jesús a día de hoy, se sienten perdidos en el brutal desierto de su ausencia, donde escuece tanto la quemazón del sol como la falta de esperanza. Pero, incluso en medio de ese vacío, en esa falta total y abrumadora de fe, en esa desconfianza que llevó al pueblo hebreo a dudar de la revelación a los pies del Monte Horeb, a las faldas del Sinaí, lloverían cada día las migajas de un extraño pan, el maná, que serviría para mantenerlos vivos contra todo pronóstico con el paso inefable de los años. Pues los hijos piden pan y su Padre les entrega el pan de los ángeles, para que coman todos de él, de ese cuerpo que fue entregado para el perdón de nuestros pecados.

El pescado, por su parte, es el símbolo por excelencia de los primeros cristianos. Cuando Jesús invitó, uno a uno, a los apóstoles para que siguiesen sus pasos, les prometió convertirlos en pescadores de hombres. Fueron llamados, en efecto, a lanzar sus redes sobre toda la humanidad, transustanciada, gracias a las enseñanzas del Maestro, en auténtica cristiandad. La palabra “pez” en griego se dice ΙΧΘΥΣ, lo que resulta ser un perfecto resumen de nuestro credo, un anagrama de nuestra fe, expresado a través de la frase Ἰησοῦς Χριστὸς Θεοῦ Υἱὸς Σωτήρ, esto es: “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. No extraña que una de las últimas manifestaciones de Cristo resucitado tuviera lugar a la orilla del Tibariades, mientras asaba pescado para los apóstoles en una fogata que allí había improvisado, junto a una cesta cargada de pan (Juan 21,9), celebrando la que fue, probablemente, la segunda misa de la historia (teniendo lugar la primera al compartir el pan con otros dos de sus discípulos, en Emaús).

“¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”. Sigue resonando el eco de estas palabras en mi cabeza, al comprender que ese Padre nos ama tanto que está dispuesto a entregar, para la salvación de sus hijos, lo mejor de sí mismo: Sí mismo. Tan sólo un padre desnaturalizado negaría este sacrificio para salvaguardar la seguridad de sus vástagos. En cambio, muchos, por voluntad propia, solamente somos capaces de agitar piedras contra el aire, en lugar de obsequiar pan, como sucedió con aquella turba sedienta de justicia que habría lapidado a la mujer adúltera de no haber sido por la intervención salvífica de Cristo. Parece que estos otros padres hemos renunciado, aún sin saberlo, a dar lo mejor de nosotros mismos (que somos nosotros mismos), olvidándonos, de hecho, de lo peor de nosotros mismos (que también somos nosotros mismos), ciegos a nuestras propias miserias. De haber sido conscientes de nuestro propio pecado, Jesús no tendría ni siquiera que habérnoslo recordado para que hubiéramos llegado por nosotros mismos a idéntica conclusión: “Aquel de vosotros que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” (Juan 8, 7).

Ni el Padre se aprovecha de las piedras, ni llama a las serpientes en su defensa, como en muchas ocasiones tendemos a hacer nosotros. Así, Jesús, durante su retiro en el desierto, renunció hasta en tres ocasiones a la tentación proveniente de la serpiente, combatiéndola con la fortaleza que solamente le podrían haber facilitado las Escrituras. Por el contrario, la humanidad entera, simbolizada bajo la suma de los hombres y de las mujeres, Adán y Eva, no fuimos capaces de resistir ni al primer aguijonazo del pecado. Guardamos en nuestros bolsillos las piedras que vamos recogiendo por el camino, después de haber tropezado una y otra vez con ellas. Poco a poco, las mordeduras de serpiente hacen que, como Spiderman con las arañas, desarrollemos bajo nuestra lengua sus mismas glándulas venenosas. Sin recodar que, para que el Padre actúe y restaure nuestros corazones solamente hace falta pedir, buscar y llamar, en vez de negar, ocultar y callar. 

Alfonso Daniel

martes, 25 de abril de 2017

LA PRIMERA PIEDRA!!!


Allí estaba. Con el rostro ladeado hacia la izquierda y el manto arremolinado sobre las rodillas. Con las tablas de la ley apoyadas sobre el antebrazo derecho, mientras su mano mesaba los cabellos rizados de su barba. Los músculos de sus piernas, tensos, convirtiendo en infinito el segundo que tarda un cuerpo humano en levantarse. Era Moisés. No cabe duda alguna. Y Miguel Ángel no podía dejar de examinar la pieza, incapaz de encontrar en ella ni una sola arruga más, ni una menos, que pudiese darle un realismo aún mayor a la figura del caudillo hebreo… Aunque… Bien visto, algo había, algo quedaba, algo le faltaba, una sola cosa… La propia vida. Y el escultor, enojado consigo mismo, ante la imposibilidad de hacer respirar a la piedra y sujetando el cincel con todas sus fuerzas, golpeó la rodilla derecha de la estatua, al tiempo que preguntó: “¿Por qué no me hablas?”. Todos los que hoy en día visiten la tumba del Papa Julio II en San Pietro in Vincoli pueden contemplar todavía la huella de aquel golpe, hiriendo la superficie pulida del mármol.

“¿Por qué no me hablas?”. ¿Cuántas veces nos hemos formulado nosotros esa misma pregunta? Cada vez que parece que no hay contestación a nuestras plegarias; cada vez que pedimos algo irrealizable; cada vez que condicionamos nuestra fe a una manifestación milagrosa que nos haga creer sin dejar margen a la duda; cada vez que, como niños malcriados, nos mortificamos porque no se ha hecho nuestra voluntad… Y nuestro cincel, como en la mano de Miguel Ángel, se revuelve y golpea. Y, más que en ningún otro momento, nos parece que Dios pueda ser tan solamente un ídolo de piedra, una escultura sin alma, una simple invención de nuestros antepasados, el opio del pueblo, el consuelo estúpido de aquel que se siente temeroso de disiparse en el silencio de la nada.

Una de las tentaciones a las que debemos acostumbrarnos es, precisamente, a la noche oscura del alma. Una crisis de fe llega, muchas veces, sin previo aviso. Puede que se quede para siempre. Puede que encontremos alguna distracción que la aleje de nuestros pensamientos. Puede que terminamos comprendiendo que es sólo el producto de nuestras propias contradicciones humanas y que, como Santo Tomás, buscamos una prueba definitiva, un amasijo de carne, piel, sangre y músculo atravesado por la lanza de Longinos donde poder hundir nuestros dedos hasta alcanzar las costillas. Una crisis de fe, en realidad, nos revela, simplemente, el material del que nosotros mismos estamos hechos: De humanidad. Y aprender a lidiar con nuestra propia humanidad es primordial de cara a empezar a comprender la divinidad de Cristo Jesús, de Dios Padre y del Espíritu Santo.

Si hablamos de materiales, aquella escultura de Moisés estaba labrada en mármol blanco, una de las piedras más apreciadas por los tallistas. Si a Miguel Ángel le hubiesen dado un enorme bloque de alabastro, blando y frágil; o de diorita, dura o impracticable; o de mica, cuyas escamas se deshacen con el simple roce de los dedos;  o de granito, cuyo acabado se vuelve tosco y con el tiempo se pulveriza como la arenisca…; su obra maestra nunca habría podido ser tan sincera, tan perfecta, tan bella, tan realista. Así es el alma humana, una mezcla informe de cuarzo, diorita, alabastro, granito, yeso y diamante, con sus sus vetas y oquedades, con sus defectos y virtudes. Y permanecemos en medio de esta confusión, creyendo ser el escultor cuando, en realidad, no pasamos de ser ese bloque duro, resquebrajado, lleno de asperezas e imperfecciones, cuando quisiéramos ser en realidad un magnífico cubo de mármol blanco extraído de las canteras de Carrara.

“¿Por qué no me hablas?”. Nos dice Dios. “¿Por qué no me miras?”, “¿Por qué no me abrazas?”, “¿Por qué no me buscas?”, “¿Por qué no confías en mí?”, va repitiendo, una y otra vez, mientras nosotros seguimos en silencio, como Moisés, con los músculos tensos, pero incapaces de echar a caminar de una vez y por todas en la dirección que nos lleva a encontrarnos con Cristo Jesús. Aturdidos. Insensatos. Como faltos de vida. Como inmunes al amor. Creyendo que el golpe de ese cincel en nuestras rodillas es un ataque, un asalto, una amenaza, una condena, un castigo, en lugar de un chasquido que pretende resucitarnos de entre los muertos, insuflarnos el aliento, animarnos a seguir el ejemplo del Evangelio, para que se pueda cumplir en nosotros la promesa de nuestro Padre Celestial: “Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de sus entrañas el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ezequiel, 11:19).

Alfonso Daniel

EL AMOR QUE NO DEFRAUDA!!!


En la antigua Grecia, la mujer más envidiada de entre todas las mujeres no fue otra que Eurídice. Pese a su aciago final, ella tuvo lo que más desearon las demás mujeres de su tiempo: Un amor tan incondicional y poderoso que ni siquiera las inclementes garras de la muerte podrían acabar con él… El amor de Orfeo, un hombre excepcional, pues se cuenta que, cuando tañía su lira, las aves cesaban en su trino, el chisporroteo de las fontanas dejaba de escucharse y también se acallaba la voz áspera de la brisa. Todo aquel que escuchaba a Orfeo en plena interpretación, quedaba completamente embelesado, conmovido, sumido en el auténtico nirvana, como si las almas pudiesen descansarse en los acordes forjados por sus melodías… Así, nadie podía evitar sucumbir ante el encanto infinito, prácticamente mágico, de Orfeo, aunque sólo una mujer tuvo el ingrato privilegio de ganarse el corazón de aquel hombre, de atrapar sus atenciones, de impregnar todos y cada uno de sus pensamientos. Eurídice.

La personificación de tantas envidias, de tantos amores frustrados, llevó a Eurídice hacia la desdicha. El mismo día de su boda con Orfeo, su talón fue atacado por la dentellada letal de una víbora. La ponzoña se expandió rápidamente por sus venas, sin que ninguna medicina pudiese impedir, o al menos retrasar, el avance. Murió como vivió, joven, bella e incomparablemente amada. Tras esto, el mayor de los artistas quedó sumergido en el mayor de los dolores, con todo su amor intacto, imposible de mitigar. Con la única compañía de su lira, recorrió todos los caminos, buscando a alguien que supiese darle indicaciones sobre cómo llegar al Averno. No hubo peñasco que no se moviese, árbol que no le cobijase, puerta que no se le abriese, río que no se apartase, luz que no se le encendiese, cada vez que Orfeo tañía las melancólicas notas de su lira. Y, al final, consiguió llegar a orillas del Leteo, donde Caronte quiso negarse a dejarlo subir a su barca, pero la música brotó de las cuerdas de la lira y sus brazos no pudieron resistirse a remar. Se enfrentó después a Cerbero, el guardián de tres cabezas que quiso impedir que cruzase el umbral del Hades, pero la música inundó sus oídos y hasta su fiereza quedó totalmente domada, diríase que adormecida. Se encontró cara a cara con el mismísimo dios del inframundo, que quiso despedirlo con las manos vacías, pero la música se coló por los recovecos del Averno y hasta el diablo en persona se sintió complacido…

- Te llevarás a Eurídice, pero con una condición: Que mientras ambos hacéis el viaje de retorno, tú no podrás volver tu rostro hacia ella, para saber si es ella la persona que en verdad te sigue. No podrás mirarla, pues si lo haces, habrás roto nuestro trato. Y no habrá otro…

Orfeo, el hombre que había recorrido los cuatro puntos cardinales, atravesado el mismísimo infierno y vencido incluso a la muerte, emprendió el retorno, con la incerteza de saber si los pasos que escuchaba tras de sí eran los de Eurídice. Y si dar con las claves para desentrañar el misterio del inframundo le había parecido una eternidad, más largo se le estaba haciendo ahora encontrar la salida. Y todo aquel amor desbordado, todos los besos no besados, todos los abrazos no abrazados, todas las sonrisas no sonreídas, se le estaban agolpando en sus labios, en sus manos, en su corazón… Y hasta en la mirada. Y, flaqueando por primera vez en todo este tiempo, Orfeo se giró. Y la vio, por última vez, en el mismo instante en que comprendió que la había perdido otra vez y que, ahora sí, sería para siempre. No habría más oportunidades.

Pese a lo triste que nos pueda parecer el desenlace de esta historia, de hecho, fue el principio que convirtió a Eurídice en esa mujer envidiada, que habiendo perdido, había ganado, pues nunca nadie había sido amada tanto en la antigua Grecia, ni nadie después lo sería en esta misma civilización. Pues entre los griegos nunca se repetiría tal proeza, tal gesto de amor. De hecho, Orfeo sólo fue un personaje mitológico, un ser de fantasía, que no pasó de ser protagonista de composiciones musicales e historias fabulosas, y nunca jamás caminó realmente sobre la tierra de los vivos. A diferencia de Eurídice, mucho más cercana a nosotros. Tanto, que ella forma una parte inherente a nuestra propia naturaleza humana. Y este tiempo de Pascua es, quizás, el mejor momento del año para reconocer que, debajo de nuestra piel, de nuestros sonrojos, de nuestras heridas, de nuestras flaquezas, se encuentra la piel de Eurídice, la gran envidiada de su tiempo. Porque todos y cada uno de nosotros hemos sido, somos y seremos ella. Pues alguien de carne y hueso, mitad de cielo, mitad de tierra, nos amó tanto que se atrevió a descolgarse hasta el infierno y, abajándose tanto, desde allí, romper definitivamente las cadenas de la muerte. Sólo que no se llamaba Orfeo. El héroe verdadero, el amante que nunca nos defraudó, el guía que nos sacó de las sombras sin recrearse a mirar nuestro pecado, fue Jesús.

Alfonso Daniel

viernes, 24 de marzo de 2017

A CIEGAS!!!


¿Os acordáis de aquél médico que, un día cualquiera, iba caminando hacia una iglesia para oír misa de precepto y, a mitad de trayecto, se cruzó con un anciano sin conocimiento, tirado en un banco, que acababa de sufrir un infarto? Es cierto que se paró a atender a aquel desconocido y, aunque no pudo cumplir con el precepto, sí consiguió salvar la vida de aquel otro transeúnte… ¿Os acordáis de aquella cajera de supermercado que, un viernes de Cuaresma, al acabar su turno aprovechó para comprarle un bocadillo de chorizo al mendigo que llevaba toda la mañana pidiendo algo de comer junto a su puerta, con hambre de un par de días? Es cierto que tampoco cumplió con la abstinencia de comer carne en un día de marcado carácter penitencial, pero sus ojos de misericordia se posaron sobre aquel que estaba pasando necesidad, que estaba hambriento y fue alimentado.

Los preceptos son preceptos. Consejos. Órdenes. Costumbres… Una serie de principios que ayudan a organizar la vida y a ponerla en el buen camino, a través de una disciplina sana que a lo largo de los siglos ha acabado por convertirse en una auténtica marca de clase, en un símbolo que ayuda a que los cristianos podamos reconocernos aquí, allá, cerca o lejos, como auténticos hermanos en la Fe, con vivencias más o menos comunes y una forma de obrar homogénea. Pero aquel médico y aquella cajera de supermercado aún incumpliendo, a sabiendas o no, esas pequeñas obligaciones, lo hicieron por causa de un acto desinteresado de amor hacia el prójimo, de misericordia hacia la humanidad.

El mismo Jesús experimentó esta contradición. Un sábado fue a pasar junto a un ciego de nacimiento que, por causa de su imposibilidad de ver, no vivía más que de las limosnas que los caminantes le iban obsequiando. Al ver su pobreza y sus fatigas, Jesús se acercó, escupió sobre la tierra y con la mezcla hizo una especie de emplaste, de ungüento, que restregó sobre sus párpados. Y las pupilas de aquel que nunca había contemplado los rayos del sol, el azul del cielo, el vuelo de las aves, el verde del campo, la transparencia del agua, el gris del viento, el rojo del fuego, vieron por vez primera. Aquel séptimo día, Jesús no descansó. Y vio Dios que era bueno. Pero no fue el caso del resto de los hombres, que acabaron por criticar aquel milagro por el mero hecho de realizarse durante el Sabbath, poniendo así los preceptos por encima del bienestar de las personas. Para aquellos fariseos fue un desacato mezquino a la Torá, al sacratísimo momento en que Dios, al entregarle las tablas de la Ley a Moisés le exigió a su pueblo el descanso casi total para el sábado, entonces el séptimo día de la semana, para santificar el propio descanso de Dios al séptimo día de la Creación.

Ni siquiera durante el difícil peregrinaje por tierras del Sinaí, en pleno desierto, a los hebreos se les ocurriría faltar el respeto al Sabbath. Seis días caía aquel pan blanquecino con sabor a miel que descendía del cielo, el maná, pero el sexto día había que recoger doble ración, pues el pan de los ángeles no se manifestaría durante el séptimo día. Pero ese otro pan transustanciado, el pan de la Nueva Alianza, sí quiso obrar el milagro de la vida y de la luz durante todos y cada uno de los siete días de la semana, consciente de que la caridad es un don demasiado preciado como para encerrarlo en un cofre y esconderlo durante 24 horas. El amor no descansa. El amor es la gran obra de Cristo, más allá del mundo material, que se puede reconstruir en tres días, o incluso en seis. El amor trasciende a lo inmaterial, a lo espiritual y requiere, por lo tanto, de todo el tiempo posible que se le pueda dedicar. Así, su nueva Ley, su única Ley, que a su vez sirve para llenar de fuerza y vigor a la vieja Ley es, precisamente, el mandamiento nuevo del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

No queda duda de que el amor humano es un reflejo del amor de Dios hacia los hombres, razón por la cual Jesús escoge introducirse a sí mismo como una parte necesaria dentro de la ecuación. Dios Padre es amor. Cristo es amor. El Espíritu Santo es amor. Un amor que se eleva sobre las palabras de San Pablo, en su epístola a los Corintios, al afirmar que de las tres virtudes teologales, la mayor, la más importante, la que reina sobre las otras dos, es el amor. No puede haber Fe sin amor. No puede haber Esperanza sin amor. Pero sí se puede disponer de tanta Fe como para mover las montañas pese a que la falta de amor no conduzca dicha Fe a ningún puerto, a ninguna orilla, a ningún destino santo. Sería una fe hueca, una fe escrita con minúsculas. Nos llenamos la boca hablando de la grandeza del amor pero nos vaciamos al sentir todo lo contrario. Así, aunque nada hay más valioso que la preeminencia del amor,  llevamos siglos cayendo en la tentación de ubicar por encima a la propia Fe.

Es cierto. La Fe salva. Jesús se lo dijo a la hemorroísa, cuando ella, convencida de poder sanar su mal simplemente acariciando el manto del Maestro, corrió a su vera, para no dejar la oportunidad de acercarse a Jesús, de buscar la mayor proximidad posible con él. “Tu Fe te ha salvado. Vete en paz. Quedas curada de tu enfermedad”, le dijo. Pero tras décadas y décadas, tras siglos y siglos, tras cerca de dos milenios, hemos terminado trastocando el sentido de estas palabras. Para muchos cristianos, especialmente aquellos que se centran en una mayor literalidad de la Sagrada Escritura, las personas no son (ni pueden ser) salvadas por sus obras (aunque sean obras de amor), sino  simplemente por su Fe. Se trata de un mantra que, seguramente, hemos escuchado no una, ni dos, ni tres veces. Muchas más. Pese a que Jesús no dijo “Tu Fe es lo único que te ha salvado” o “Tu Fe es lo único que te podría haber salvado”. Porque, ya lo dice San Pablo, por encima, muy por encima de la Fe, brilla, resplandeciente, el amor, como una fuerza extraordinariamente poderosa y curativa.

¿Pero es que acaso el amor puede salvar? No tanto las obras de amor, el ejercicio de la caridad, pues como dice San Pablo "Sois salvos por medio de la Fe, y esto no es por vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se vanaglorie"; pero sí por el amor en sí mismo. El pasaje del ciego de nacimiento nos revela que sí, que fue el amor de Jesús hacia aquel ciego de nacimiento el que, haciéndole incumplir el precepto del Sabbath, lo llevó a devolverle la vista; al igual que hicieron el médico y la cajera de supermercado. Porque cuando Jesús es el mensajero, el único mensaje posible es el del amor. No en vano, San Juan de la Cruz nos legó aquella frase magistral, inmejorable, que dice “Al atardecer de la vida, me examinarán del amor”, sin mencionar la Esperanza, ni mucho menos la Fe. Todos seremos examinados el amor. Y si la Fe puede limpiar un pecado hasta siete veces, el amor podría lavarlo siete veces setenta y siete. Quizás por ello, el mandamiento de la Nueva Alianza no fue tened Fe en mí y en vuestros hermanos, sino “¡Permaneced en mi amor!”. No lo olvidemos y que, con su intercesión, cuidemos nuestra Fe, siempre; cuidemos nuestra Esperanza, cada día; cuidemos nuestro amor, por encima de todo. Plenamente conscientes de que al amor, pese a ser ciego de nacimiento, es Jesús quien le concede la vista verdadera, el don de la mirada misericordiosa.

Alfonso Daniel

viernes, 3 de marzo de 2017

SIN MÁSCARA!!!


Transfigurar es, según el Diccionario de la Real Academia Española, cambiar de figura o aspecto a alguien o algo. Es lo que Jesús hizo en el Monte Tabor, en presencia de tres de sus discípulos más cercanos; y en el camino de Emaús; así como a las puertas de su propio sepulcro, cuando María Magdalena lo confundió con el encargado de velar por los cuidados de aquel huerto… Más allá de esos episodios bíblicos, recogidos en el Evangelio, la transfiguración es algo mucho más habitual, quizás, de lo que intuimos o estamos dispuestos a pensar. Basta recordar la actitud de Santa Teresa de Calcuta, capaz de reconocer el rostro de Jesús en cada uno de los enfermos, casi moribundos, completamente desvalidos, que pasaban por delante de las puertas y ventanas de su sanatorio en la India. Porque el rostro puede cambiar, pero la esencia permanece. Y por esencia nos estamos refiriendo, no podría ser de otra manera, al amor. El amor, si es verdadero, es lo único irreversible e inmutable. Todo lo demás es perecedero, con fecha de caducidad. Sin embargo, ya lo dice San Pablo, "el amor no pasará nunca".

Podemos encontrar ese amor al partir (y, sobre todo, compartir) el pan, en Emaús, o al enjugar las lágrimas de la Magdalena en el huerto de Arimatea, pero en la transfiguración del Monte Tabor todavía podemos vislumbrar algo mucho más grande que el amor, algo que trasciende al ser humano... Dice San Mateo que, al transfigurarse, “su rostro (el de Jesús) resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”, cosa que nos recuerda, precisamente, a aquel otro momento cuando el rostro de Moisés resplandeció con la claridad del día después haber estado en presencia de Dios, materializado en la zarza que ardía sin consumirse. Moisés, por supuesto, es una de las dos personas con las que Jesús conversaría en el Monte Tabor. El otro es el Profeta Elías.

En muchos aspectos, las vidas de Jesús y Moisés guardan paralelismos más que evidentes. Ambos fueron perseguidos en cuanto nacieron, a consecuencia de lo cual fueron asesinados cientos de niños inocentes: En la Tierra de Gosén por orden del Faraón de Egipto y en Belén por mandato del Rey Herodes. Moisés fue el primero a quien se le reveló el nombre de Dios, mientras que Jesús es el mismo verbo de Dios hecho carne. Ambos intervinieron en grandes signos y prodigios, a fin de ablandar el pétreo corazón de los egipcios, de los judíos y de los romanos. Moisés instituyó la vieja Pascua, mientras Jesús la renovó convirtiéndose a sí mismo en chivo expiatorio. Moisés liberó al pueblo hebreo de las cadenas de la servidumbre, mientras Jesús salvó a la humanidad de los grilletes del pecado y la mortalidad. Moisés recibió los diez mandamientos de la vieja Ley, mientras Jesús cinceló en los corazones de todos los hombres el mandamiento nuevo y singular del amor. De alguna manera, el Monte de las Bienaventuranzas es la actualización del Sinaí.

Jesús es, de hecho, el nuevo Moisés. Y también el nuevo Adán. Y el nuevo Abel. Y el nuevo Noé. Y el nuevo Abraham. Y el nuevo Isaac. Y el nuevo Jacob. Y el nuevo José. Y el nuevo David. Y el nuevo Salomón… Y, tomando en común su ascensión luminosa y gloriosa a los cielos, así como el milagro de la multiplicación del pan en la casa de la viuda de Sareptá y la resurrección de su hijo, es igualmente el nuevo Elías. En definidas cuentas, Jesús, en su corta existencia terrenal, todo lo hizo nuevo y a todos nos hizo nuevos, completando la obra de aquellos guías y profetas del pasado que le habían precedido y que, por el mero hecho de ser sólo hombres de carne y hueso, no pudieron y nunca habrían podido lograr por sí mismos la redención de la humanidad. Por ello, la teofanía de Jesús, clavado en la cruz en lo alto del Monte Gólgota es también el nuevo Monte Horeb, el lugar donde se pactó la Nueva Alianza, donde se escribió con sangre la nueva ley. 

El viejo Monte Horeb había servido de punto de encuentro entre Moisés y Dios y también había dado cobijo al Profeta Elías. Ambos representan, entre los dos, el culmen e ideal del judaísmo. El primero, como elemento clave en su cultura y legalidad, padre de la nación, caudillo que condujo a los hebreos hasta la tierra que mana leche y miel. En el segundo nos encontramos la espiritualidad de aquel que encuentra gracia suficiente a los ojos de Dios hasta el punto de ser el único humano, según la fe de los judíos, elevado en vida e inmortalizado en la presencia de Yahvéh, después de hacer frente por sí mismo a la iniquidad opresora del poder y combatir los vicios de la idolatría contra los profetas de Baal. Moisés y Elías son la ortodoxia judía, el modelo a seguir, el orgullo de su nación, el símbolo más puro y claro de su creencia y de su religión. Y ellos, los únicos a los que se les permitió contemplar el rostro de Dios en persona, fueron abajados desde las esferas para encontrarse en el Monte Tabor con el rostro transfigurado de Cristo.

San Mateo menciona cómo Jesús, después de este encuentro, comentó a sus discípulos: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". La razón se hace palpable. Los pilares del judaísmo se ponen a disposición y servicio de Cristo. Y no sólo eso. Mucho más. Muchísimo más. Moisés y Elías, viejos testigos de Yahvéh, se convierten ahora en testigos de Jesús, haciendo de este pasaje la mayor revelación del Nuevo Testamento: Jesús es Dios. No es sólo el hijo de Dios o, como Él solía decir, el hijo del hombre. Es Dios mismo, más allá de todos esos prodigios sobrenaturales cuya estela descubrimos también en Moisés y Elías, y que no tendrían  por sí solos que demostrar a ciencia cierta que Él sea uno con Dios sino, tal vez, solamente otro profeta o instrumento más a su servicio. Pero aquí, en las cumbres del Monte Tabor, Jesús se muestra a los que ya conocían y podían reconocer en Él el rostro verdadero e inconfundible de Dios, mientras una voz atronadora rasga la bóveda celeste predicando a los cuatro puntos cardenales: "Éste es mi hijo muy amado, mi predilecto; escuchadlo"... Escuchemos.

Alfonso Daniel