martes, 25 de abril de 2017

LA PRIMERA PIEDRA!!!


Allí estaba. Con el rostro ladeado hacia la izquierda y el manto arremolinado sobre las rodillas. Con las tablas de la ley apoyadas sobre el antebrazo derecho, mientras su mano mesaba los cabellos rizados de su barba. Los músculos de sus piernas, tensos, convirtiendo en infinito el segundo que tarda un cuerpo humano en levantarse. Era Moisés. No cabe duda alguna. Y Miguel Ángel no podía dejar de examinar la pieza, incapaz de encontrar en ella ni una sola arruga más, ni una menos, que pudiese darle un realismo aún mayor a la figura del caudillo hebreo… Aunque… Bien visto, algo había, algo quedaba, algo le faltaba, una sola cosa… La propia vida. Y el escultor, enojado consigo mismo, ante la imposibilidad de hacer respirar a la piedra y sujetando el cincel con todas sus fuerzas, golpeó la rodilla derecha de la estatua, al tiempo que preguntó: “¿Por qué no me hablas?”. Todos los que hoy en día visiten la tumba del Papa Julio II en San Pietro in Vincoli pueden contemplar todavía la huella de aquel golpe, hiriendo la superficie pulida del mármol.

“¿Por qué no me hablas?”. ¿Cuántas veces nos hemos formulado nosotros esa misma pregunta? Cada vez que parece que no hay contestación a nuestras plegarias; cada vez que pedimos algo irrealizable; cada vez que condicionamos nuestra fe a una manifestación milagrosa que nos haga creer sin dejar margen a la duda; cada vez que, como niños malcriados, nos mortificamos porque no se ha hecho nuestra voluntad… Y nuestro cincel, como en la mano de Miguel Ángel, se revuelve y golpea. Y, más que en ningún otro momento, nos parece que Dios pueda ser tan solamente un ídolo de piedra, una escultura sin alma, una simple invención de nuestros antepasados, el opio del pueblo, el consuelo estúpido de aquel que se siente temeroso de disiparse en el silencio de la nada.

Una de las tentaciones a las que debemos acostumbrarnos es, precisamente, a la noche oscura del alma. Una crisis de fe llega, muchas veces, sin previo aviso. Puede que se quede para siempre. Puede que encontremos alguna distracción que la aleje de nuestros pensamientos. Puede que terminamos comprendiendo que es sólo el producto de nuestras propias contradicciones humanas y que, como Santo Tomás, buscamos una prueba definitiva, un amasijo de carne, piel, sangre y músculo atravesado por la lanza de Longinos donde poder hundir nuestros dedos hasta alcanzar las costillas. Una crisis de fe, en realidad, nos revela, simplemente, el material del que nosotros mismos estamos hechos: De humanidad. Y aprender a lidiar con nuestra propia humanidad es primordial de cara a empezar a comprender la divinidad de Cristo Jesús, de Dios Padre y del Espíritu Santo.

Si hablamos de materiales, aquella escultura de Moisés estaba labrada en mármol blanco, una de las piedras más apreciadas por los tallistas. Si a Miguel Ángel le hubiesen dado un enorme bloque de alabastro, blando y frágil; o de diorita, dura o impracticable; o de mica, cuyas escamas se deshacen con el simple roce de los dedos;  o de granito, cuyo acabado se vuelve tosco y con el tiempo se pulveriza como la arenisca…; su obra maestra nunca habría podido ser tan sincera, tan perfecta, tan bella, tan realista. Así es el alma humana, una mezcla informe de cuarzo, diorita, alabastro, granito, yeso y diamante, con sus sus vetas y oquedades, con sus defectos y virtudes. Y permanecemos en medio de esta confusión, creyendo ser el escultor cuando, en realidad, no pasamos de ser ese bloque duro, resquebrajado, lleno de asperezas e imperfecciones, cuando quisiéramos ser en realidad un magnífico cubo de mármol blanco extraído de las canteras de Carrara.

“¿Por qué no me hablas?”. Nos dice Dios. “¿Por qué no me miras?”, “¿Por qué no me abrazas?”, “¿Por qué no me buscas?”, “¿Por qué no confías en mí?”, va repitiendo, una y otra vez, mientras nosotros seguimos en silencio, como Moisés, con los músculos tensos, pero incapaces de echar a caminar de una vez y por todas en la dirección que nos lleva a encontrarnos con Cristo Jesús. Aturdidos. Insensatos. Como faltos de vida. Como inmunes al amor. Creyendo que el golpe de ese cincel en nuestras rodillas es un ataque, un asalto, una amenaza, una condena, un castigo, en lugar de un chasquido que pretende resucitarnos de entre los muertos, insuflarnos el aliento, animarnos a seguir el ejemplo del Evangelio, para que se pueda cumplir en nosotros la promesa de nuestro Padre Celestial: “Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de sus entrañas el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ezequiel, 11:19).

Alfonso Daniel

EL AMOR QUE NO DEFRAUDA!!!


En la antigua Grecia, la mujer más envidiada de entre todas las mujeres no fue otra que Eurídice. Pese a su aciago final, ella tuvo lo que más desearon las demás mujeres de su tiempo: Un amor tan incondicional y poderoso que ni siquiera las inclementes garras de la muerte podrían acabar con él… El amor de Orfeo, un hombre excepcional, pues se cuenta que, cuando tañía su lira, las aves cesaban en su trino, el chisporroteo de las fontanas dejaba de escucharse y también se acallaba la voz áspera de la brisa. Todo aquel que escuchaba a Orfeo en plena interpretación, quedaba completamente embelesado, conmovido, sumido en el auténtico nirvana, como si las almas pudiesen descansarse en los acordes forjados por sus melodías… Así, nadie podía evitar sucumbir ante el encanto infinito, prácticamente mágico, de Orfeo, aunque sólo una mujer tuvo el ingrato privilegio de ganarse el corazón de aquel hombre, de atrapar sus atenciones, de impregnar todos y cada uno de sus pensamientos. Eurídice.

La personificación de tantas envidias, de tantos amores frustrados, llevó a Eurídice hacia la desdicha. El mismo día de su boda con Orfeo, su talón fue atacado por la dentellada letal de una víbora. La ponzoña se expandió rápidamente por sus venas, sin que ninguna medicina pudiese impedir, o al menos retrasar, el avance. Murió como vivió, joven, bella e incomparablemente amada. Tras esto, el mayor de los artistas quedó sumergido en el mayor de los dolores, con todo su amor intacto, imposible de mitigar. Con la única compañía de su lira, recorrió todos los caminos, buscando a alguien que supiese darle indicaciones sobre cómo llegar al Averno. No hubo peñasco que no se moviese, árbol que no le cobijase, puerta que no se le abriese, río que no se apartase, luz que no se le encendiese, cada vez que Orfeo tañía las melancólicas notas de su lira. Y, al final, consiguió llegar a orillas del Leteo, donde Caronte quiso negarse a dejarlo subir a su barca, pero la música brotó de las cuerdas de la lira y sus brazos no pudieron resistirse a remar. Se enfrentó después a Cerbero, el guardián de tres cabezas que quiso impedir que cruzase el umbral del Hades, pero la música inundó sus oídos y hasta su fiereza quedó totalmente domada, diríase que adormecida. Se encontró cara a cara con el mismísimo dios del inframundo, que quiso despedirlo con las manos vacías, pero la música se coló por los recovecos del Averno y hasta el diablo en persona se sintió complacido…

- Te llevarás a Eurídice, pero con una condición: Que mientras ambos hacéis el viaje de retorno, tú no podrás volver tu rostro hacia ella, para saber si es ella la persona que en verdad te sigue. No podrás mirarla, pues si lo haces, habrás roto nuestro trato. Y no habrá otro…

Orfeo, el hombre que había recorrido los cuatro puntos cardinales, atravesado el mismísimo infierno y vencido incluso a la muerte, emprendió el retorno, con la incerteza de saber si los pasos que escuchaba tras de sí eran los de Eurídice. Y si dar con las claves para desentrañar el misterio del inframundo le había parecido una eternidad, más largo se le estaba haciendo ahora encontrar la salida. Y todo aquel amor desbordado, todos los besos no besados, todos los abrazos no abrazados, todas las sonrisas no sonreídas, se le estaban agolpando en sus labios, en sus manos, en su corazón… Y hasta en la mirada. Y, flaqueando por primera vez en todo este tiempo, Orfeo se giró. Y la vio, por última vez, en el mismo instante en que comprendió que la había perdido otra vez y que, ahora sí, sería para siempre. No habría más oportunidades.

Pese a lo triste que nos pueda parecer el desenlace de esta historia, de hecho, fue el principio que convirtió a Eurídice en esa mujer envidiada, que habiendo perdido, había ganado, pues nunca nadie había sido amada tanto en la antigua Grecia, ni nadie después lo sería en esta misma civilización. Pues entre los griegos nunca se repetiría tal proeza, tal gesto de amor. De hecho, Orfeo sólo fue un personaje mitológico, un ser de fantasía, que no pasó de ser protagonista de composiciones musicales e historias fabulosas, y nunca jamás caminó realmente sobre la tierra de los vivos. A diferencia de Eurídice, mucho más cercana a nosotros. Tanto, que ella forma una parte inherente a nuestra propia naturaleza humana. Y este tiempo de Pascua es, quizás, el mejor momento del año para reconocer que, debajo de nuestra piel, de nuestros sonrojos, de nuestras heridas, de nuestras flaquezas, se encuentra la piel de Eurídice, la gran envidiada de su tiempo. Porque todos y cada uno de nosotros hemos sido, somos y seremos ella. Pues alguien de carne y hueso, mitad de cielo, mitad de tierra, nos amó tanto que se atrevió a descolgarse hasta el infierno y, abajándose tanto, desde allí, romper definitivamente las cadenas de la muerte. Sólo que no se llamaba Orfeo. El héroe verdadero, el amante que nunca nos defraudó, el guía que nos sacó de las sombras sin recrearse a mirar nuestro pecado, fue Jesús.

Alfonso Daniel

viernes, 24 de marzo de 2017

A CIEGAS!!!


¿Os acordáis de aquél médico que, un día cualquiera, iba caminando hacia una iglesia para oír misa de precepto y, a mitad de trayecto, se cruzó con un anciano sin conocimiento, tirado en un banco, que acababa de sufrir un infarto? Es cierto que se paró a atender a aquel desconocido y, aunque no pudo cumplir con el precepto, sí consiguió salvar la vida de aquel otro transeúnte… ¿Os acordáis de aquella cajera de supermercado que, un viernes de Cuaresma, al acabar su turno aprovechó para comprarle un bocadillo de chorizo al mendigo que llevaba toda la mañana pidiendo algo de comer junto a su puerta, con hambre de un par de días? Es cierto que tampoco cumplió con la abstinencia de comer carne en un día de marcado carácter penitencial, pero sus ojos de misericordia se posaron sobre aquel que estaba pasando necesidad, que estaba hambriento y fue alimentado.

Los preceptos son preceptos. Consejos. Órdenes. Costumbres… Una serie de principios que ayudan a organizar la vida y a ponerla en el buen camino, a través de una disciplina sana que a lo largo de los siglos ha acabado por convertirse en una auténtica marca de clase, en un símbolo que ayuda a que los cristianos podamos reconocernos aquí, allá, cerca o lejos, como auténticos hermanos en la Fe, con vivencias más o menos comunes y una forma de obrar homogénea. Pero aquel médico y aquella cajera de supermercado aún incumpliendo, a sabiendas o no, esas pequeñas obligaciones, lo hicieron por causa de un acto desinteresado de amor hacia el prójimo, de misericordia hacia la humanidad.

El mismo Jesús experimentó esta contradición. Un sábado fue a pasar junto a un ciego de nacimiento que, por causa de su imposibilidad de ver, no vivía más que de las limosnas que los caminantes le iban obsequiando. Al ver su pobreza y sus fatigas, Jesús se acercó, escupió sobre la tierra y con la mezcla hizo una especie de emplaste, de ungüento, que restregó sobre sus párpados. Y las pupilas de aquel que nunca había contemplado los rayos del sol, el azul del cielo, el vuelo de las aves, el verde del campo, la transparencia del agua, el gris del viento, el rojo del fuego, vieron por vez primera. Aquel séptimo día, Jesús no descansó. Y vio Dios que era bueno. Pero no fue el caso del resto de los hombres, que acabaron por criticar aquel milagro por el mero hecho de realizarse durante el Sabbath, poniendo así los preceptos por encima del bienestar de las personas. Para aquellos fariseos fue un desacato mezquino a la Torá, al sacratísimo momento en que Dios, al entregarle las tablas de la Ley a Moisés le exigió a su pueblo el descanso casi total para el sábado, entonces el séptimo día de la semana, para santificar el propio descanso de Dios al séptimo día de la Creación.

Ni siquiera durante el difícil peregrinaje por tierras del Sinaí, en pleno desierto, a los hebreos se les ocurriría faltar el respeto al Sabbath. Seis días caía aquel pan blanquecino con sabor a miel que descendía del cielo, el maná, pero el sexto día había que recoger doble ración, pues el pan de los ángeles no se manifestaría durante el séptimo día. Pero ese otro pan transustanciado, el pan de la Nueva Alianza, sí quiso obrar el milagro de la vida y de la luz durante todos y cada uno de los siete días de la semana, consciente de que la caridad es un don demasiado preciado como para encerrarlo en un cofre y esconderlo durante 24 horas. El amor no descansa. El amor es la gran obra de Cristo, más allá del mundo material, que se puede reconstruir en tres días, o incluso en seis. El amor trasciende a lo inmaterial, a lo espiritual y requiere, por lo tanto, de todo el tiempo posible que se le pueda dedicar. Así, su nueva Ley, su única Ley, que a su vez sirve para llenar de fuerza y vigor a la vieja Ley es, precisamente, el mandamiento nuevo del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

No queda duda de que el amor humano es un reflejo del amor de Dios hacia los hombres, razón por la cual Jesús escoge introducirse a sí mismo como una parte necesaria dentro de la ecuación. Dios Padre es amor. Cristo es amor. El Espíritu Santo es amor. Un amor que se eleva sobre las palabras de San Pablo, en su epístola a los Corintios, al afirmar que de las tres virtudes teologales, la mayor, la más importante, la que reina sobre las otras dos, es el amor. No puede haber Fe sin amor. No puede haber Esperanza sin amor. Pero sí se puede disponer de tanta Fe como para mover las montañas pese a que la falta de amor no conduzca dicha Fe a ningún puerto, a ninguna orilla, a ningún destino santo. Sería una fe hueca, una fe escrita con minúsculas. Nos llenamos la boca hablando de la grandeza del amor pero nos vaciamos al sentir todo lo contrario. Así, aunque nada hay más valioso que la preeminencia del amor,  llevamos siglos cayendo en la tentación de ubicar por encima a la propia Fe.

Es cierto. La Fe salva. Jesús se lo dijo a la hemorroísa, cuando ella, convencida de poder sanar su mal simplemente acariciando el manto del Maestro, corrió a su vera, para no dejar la oportunidad de acercarse a Jesús, de buscar la mayor proximidad posible con él. “Tu Fe te ha salvado. Vete en paz. Quedas curada de tu enfermedad”, le dijo. Pero tras décadas y décadas, tras siglos y siglos, tras cerca de dos milenios, hemos terminado trastocando el sentido de estas palabras. Para muchos cristianos, especialmente aquellos que se centran en una mayor literalidad de la Sagrada Escritura, las personas no son (ni pueden ser) salvadas por sus obras (aunque sean obras de amor), sino  simplemente por su Fe. Se trata de un mantra que, seguramente, hemos escuchado no una, ni dos, ni tres veces. Muchas más. Pese a que Jesús no dijo “Tu Fe es lo único que te ha salvado” o “Tu Fe es lo único que te podría haber salvado”. Porque, ya lo dice San Pablo, por encima, muy por encima de la Fe, brilla, resplandeciente, el amor, como una fuerza extraordinariamente poderosa y curativa.

¿Pero es que acaso el amor puede salvar? No tanto las obras de amor, el ejercicio de la caridad, pues como dice San Pablo "Sois salvos por medio de la Fe, y esto no es por vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se vanaglorie"; pero sí por el amor en sí mismo. El pasaje del ciego de nacimiento nos revela que sí, que fue el amor de Jesús hacia aquel ciego de nacimiento el que, haciéndole incumplir el precepto del Sabbath, lo llevó a devolverle la vista; al igual que hicieron el médico y la cajera de supermercado. Porque cuando Jesús es el mensajero, el único mensaje posible es el del amor. No en vano, San Juan de la Cruz nos legó aquella frase magistral, inmejorable, que dice “Al atardecer de la vida, me examinarán del amor”, sin mencionar la Esperanza, ni mucho menos la Fe. Todos seremos examinados el amor. Y si la Fe puede limpiar un pecado hasta siete veces, el amor podría lavarlo siete veces setenta y siete. Quizás por ello, el mandamiento de la Nueva Alianza no fue tened Fe en mí y en vuestros hermanos, sino “¡Permaneced en mi amor!”. No lo olvidemos y que, con su intercesión, cuidemos nuestra Fe, siempre; cuidemos nuestra Esperanza, cada día; cuidemos nuestro amor, por encima de todo. Plenamente conscientes de que al amor, pese a ser ciego de nacimiento, es Jesús quien le concede la vista verdadera, el don de la mirada misericordiosa.

Alfonso Daniel

viernes, 3 de marzo de 2017

SIN MÁSCARA!!!


Transfigurar es, según el Diccionario de la Real Academia Española, cambiar de figura o aspecto a alguien o algo. Es lo que Jesús hizo en el Monte Tabor, en presencia de tres de sus discípulos más cercanos; y en el camino de Emaús; así como a las puertas de su propio sepulcro, cuando María Magdalena lo confundió con el encargado de velar por los cuidados de aquel huerto… Más allá de esos episodios bíblicos, recogidos en el Evangelio, la transfiguración es algo mucho más habitual, quizás, de lo que intuimos o estamos dispuestos a pensar. Basta recordar la actitud de Santa Teresa de Calcuta, capaz de reconocer el rostro de Jesús en cada uno de los enfermos, casi moribundos, completamente desvalidos, que pasaban por delante de las puertas y ventanas de su sanatorio en la India. Porque el rostro puede cambiar, pero la esencia permanece. Y por esencia nos estamos refiriendo, no podría ser de otra manera, al amor. El amor, si es verdadero, es lo único irreversible e inmutable. Todo lo demás es perecedero, con fecha de caducidad. Sin embargo, ya lo dice San Pablo, "el amor no pasará nunca".

Podemos encontrar ese amor al partir (y, sobre todo, compartir) el pan, en Emaús, o al enjugar las lágrimas de la Magdalena en el huerto de Arimatea, pero en la transfiguración del Monte Tabor todavía podemos vislumbrar algo mucho más grande que el amor, algo que trasciende al ser humano... Dice San Mateo que, al transfigurarse, “su rostro (el de Jesús) resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”, cosa que nos recuerda, precisamente, a aquel otro momento cuando el rostro de Moisés resplandeció con la claridad del día después haber estado en presencia de Dios, materializado en la zarza que ardía sin consumirse. Moisés, por supuesto, es una de las dos personas con las que Jesús conversaría en el Monte Tabor. El otro es el Profeta Elías.

En muchos aspectos, las vidas de Jesús y Moisés guardan paralelismos más que evidentes. Ambos fueron perseguidos en cuanto nacieron, a consecuencia de lo cual fueron asesinados cientos de niños inocentes: En la Tierra de Gosén por orden del Faraón de Egipto y en Belén por mandato del Rey Herodes. Moisés fue el primero a quien se le reveló el nombre de Dios, mientras que Jesús es el mismo verbo de Dios hecho carne. Ambos intervinieron en grandes signos y prodigios, a fin de ablandar el pétreo corazón de los egipcios, de los judíos y de los romanos. Moisés instituyó la vieja Pascua, mientras Jesús la renovó convirtiéndose a sí mismo en chivo expiatorio. Moisés liberó al pueblo hebreo de las cadenas de la servidumbre, mientras Jesús salvó a la humanidad de los grilletes del pecado y la mortalidad. Moisés recibió los diez mandamientos de la vieja Ley, mientras Jesús cinceló en los corazones de todos los hombres el mandamiento nuevo y singular del amor. De alguna manera, el Monte de las Bienaventuranzas es la actualización del Sinaí.

Jesús es, de hecho, el nuevo Moisés. Y también el nuevo Adán. Y el nuevo Abel. Y el nuevo Noé. Y el nuevo Abraham. Y el nuevo Isaac. Y el nuevo Jacob. Y el nuevo José. Y el nuevo David. Y el nuevo Salomón… Y, tomando en común su ascensión luminosa y gloriosa a los cielos, así como el milagro de la multiplicación del pan en la casa de la viuda de Sareptá y la resurrección de su hijo, es igualmente el nuevo Elías. En definidas cuentas, Jesús, en su corta existencia terrenal, todo lo hizo nuevo y a todos nos hizo nuevos, completando la obra de aquellos guías y profetas del pasado que le habían precedido y que, por el mero hecho de ser sólo hombres de carne y hueso, no pudieron y nunca habrían podido lograr por sí mismos la redención de la humanidad. Por ello, la teofanía de Jesús, clavado en la cruz en lo alto del Monte Gólgota es también el nuevo Monte Horeb, el lugar donde se pactó la Nueva Alianza, donde se escribió con sangre la nueva ley. 

El viejo Monte Horeb había servido de punto de encuentro entre Moisés y Dios y también había dado cobijo al Profeta Elías. Ambos representan, entre los dos, el culmen e ideal del judaísmo. El primero, como elemento clave en su cultura y legalidad, padre de la nación, caudillo que condujo a los hebreos hasta la tierra que mana leche y miel. En el segundo nos encontramos la espiritualidad de aquel que encuentra gracia suficiente a los ojos de Dios hasta el punto de ser el único humano, según la fe de los judíos, elevado en vida e inmortalizado en la presencia de Yahvéh, después de hacer frente por sí mismo a la iniquidad opresora del poder y combatir los vicios de la idolatría contra los profetas de Baal. Moisés y Elías son la ortodoxia judía, el modelo a seguir, el orgullo de su nación, el símbolo más puro y claro de su creencia y de su religión. Y ellos, los únicos a los que se les permitió contemplar el rostro de Dios en persona, fueron abajados desde las esferas para encontrarse en el Monte Tabor con el rostro transfigurado de Cristo.

San Mateo menciona cómo Jesús, después de este encuentro, comentó a sus discípulos: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". La razón se hace palpable. Los pilares del judaísmo se ponen a disposición y servicio de Cristo. Y no sólo eso. Mucho más. Muchísimo más. Moisés y Elías, viejos testigos de Yahvéh, se convierten ahora en testigos de Jesús, haciendo de este pasaje la mayor revelación del Nuevo Testamento: Jesús es Dios. No es sólo el hijo de Dios o, como Él solía decir, el hijo del hombre. Es Dios mismo, más allá de todos esos prodigios sobrenaturales cuya estela descubrimos también en Moisés y Elías, y que no tendrían  por sí solos que demostrar a ciencia cierta que Él sea uno con Dios sino, tal vez, solamente otro profeta o instrumento más a su servicio. Pero aquí, en las cumbres del Monte Tabor, Jesús se muestra a los que ya conocían y podían reconocer en Él el rostro verdadero e inconfundible de Dios, mientras una voz atronadora rasga la bóveda celeste predicando a los cuatro puntos cardenales: "Éste es mi hijo muy amado, mi predilecto; escuchadlo"... Escuchemos.

Alfonso Daniel

jueves, 2 de marzo de 2017

CUARESMA STYLE!!!


Tomás de Kempis fue un tipo excepcional, sin duda. Tuvo un gran sueño y lo persiguió durante años, aunque jamás lo alcanzaría. Y esto es, precisamente, lo que hizo de Kempis un tipo excepcional. No tanto el hecho de no haber logrado coronar nunca la cima de su Everest particular, sino el de no darse por vencido durante la escalada. Básicamente, porque Kempis sabía muy bien que aquello que se había planteado era simple y llanamente una meta imposible de lograr: la imitación de Cristo. Es evidente para los cristianos (convencidos de que Jesús de Narareth tuvo una doble naturaleza humana y divina) que todos los demás seres vivos que transitaron, transitamos y transitarán por la Tierra estamos a años luz de poder llegar a ser como Cristo, pues nuestra naturaleza se ciñe únicamente a la humana condición. Y pese a todo, Kempis siempre tuvo la razón.

Imitar a Jesús no nos convierte en Jesús, ni podríamos hacer tal cosa por nuestra cuenta. Pero, en los Evangelios, Jesús se propuso dejarnos una guía fácil, un pequeño manual de instrucciones, con una serie de claves que pueden ayudarnos a la hora de ponernos en camino. Una cosa es segura: Nunca lo haremos tan bien como él. Pero, al intentarlo, una y otra vez, podremos ir perfeccionando nuestro estilo hasta llegar a hacer las cosas de forma algo más parecida a como Él quiere que las hagamos. Esto es válido para cualquier siglo de la historia y para cualquier momento del año. Y dado que el calendario litúrgico evoca distintos momentos en la vida de Jesús , su manera de comportarse ante esas circunstancias específicas es, precisamente, el espejo donde tenemos que mirar nuestra propia forma de actuar.

Por ejemplo, la Cuaresma. En las Escrituras aparecen referidas varias Cuaresmas... Podríamos pensar en que, durante la primera, Noé pasó cuarenta días de encierro en su arca, lleno de esperanza y de curiosidad por contemplar el nuevo sol y las nuevas tierras en las que amarraría, yendo en compañía de su familia y en plena armonía con la naturaleza, a bordo de su zoológico flotante. O aquella otra Cuaresma que duró cuarenta años, vagando por un desierto inhóspito sobre el cual Dios hacía llover cada mañana (salvo el sábado) una especie de pan, blanquecino y de sabor melifluo, llamado maná, cuando el pueblo judío se confió plenamente a su voluntad, descansándose en esa protección, dejando atrás su zona de confort y adentrándose en mundos desconocidos y procelosos.

Pero todavía nos resta otro estilo, ese otro que tanto enamoró a Kempis como para embarcarse en una aventura imposible de culminar, en la verdadera y única historia interminable. Me refiero a la Cuaresma de Jesús, en la que se enfrentó a sus tentaciones, dándole a cada una de ellas una respuesta que  sigue siendo válida a día de hoy. Éstas fueron sus palabras, sus propias conclusiones, bellamente regaladas a la posteridad gracias a los evangelistas: “Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios” y “Apártate de ahí Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás”.

Se trata de tres claves relativamente sencillas y, bien mirado, bastante lógicas. La primera se refiere a la profundización y conocimiento de la palabra de Dios, esto es, la Biblia, convirtiendo la Cuaresma en un tiempo excepcional para la lectura y meditación de las Escrituras, tanto de los anuncios pronunciados en el Antiguo Testamento como de su cumplimiento en el Nuevo Testamento. La segunda clave nos supone una mayor dificultad, pues alude al compromiso de no poner a prueba a Dios, de no proponerle chantajes ni condiciones, de que nuestra fe no sea la contrapartida de algún favor entre tantos como le solemos pedir. Dios no es una máquina expendedora de deseos, no es un programa de televisión donde se cambia radicalmente a sus protagonistas o se valoran sus talentos para relanzarlos al estrellato. Esta segunda clave requiere nuestra aceptación, encontrando nuestra alegría en los planes que Él ha soñado para nosotros, en decirle siempre “hágase”, agrandándole cada vez más nuestro sí…

Y sólo resta la tercera y última clave: la oración, la acción de gracias, la alabanza única a Dios. Puede parecer la más fácil pero, sin duda, se trata de la más complicada de las tres. Pues hoy en día se nos han colado tantos falsos ídolos en nuestra vida cotidiana que ni siquiera sabemos reconocerlos como tales. Ahí están la desesperanza, el dinero, la falta de interés, los estudios, el estrés, la alienación de los problemas sociales, el trabajo, la televisión y el internet, los menús suntuosos, las ropas caras y los maquillajes bonitos, el racismo, el consumismo, el nihilismo y el ostracismo, la mediocridad y la soberbia, el aislamiento y la globalización, el hablar de menos y el hablar de más, y tantas y tantas otras cuestiones que, en pequeñas dosis son sólo una parte integral de la errática condición humana pero que, en exceso, en sobredosis, pueden llegar a controlarnos, a dominarnos, a esclavizarnos, a hacernos dependientes y pusilánimes… Pues sólo el Dios verdadero concede la verdadera libertad. De ahí que en tiempo de Cuaresma convenga que ayunemos y nos abstengamos de todos esos falsos ídolos (cada uno conoce los suyos), centrando nuestra mirada y nuestro corazón en aquello que verdaderamente importa.

Alfonso Daniel

martes, 28 de febrero de 2017

TODOS SOMOS LÁZARO!!!


Cuarenta días con sus cuarenta noches. Ni un día más. Ni un día menos. Ésta es la duración exacta de la Cuaresma, cuarenta días de silencio interior, de reflexión, de meditación, de expectación, de preparación para el hecho culminante de la fe cristiana: El sepulcro vacío. No se trata de un número azaroso. En el Génesis fueron cuarenta días, con sus cuarenta noches, el tiempo en que la lluvia cayó de forma ininterrumpida sobre la tierra, lavándola, purificándola, limpiando al hombre viejo para hacer de él un hombre nuevo, en un mundo visto con nuevos ojos, con renovados sentimientos. Además, en los Evangelios, cuarenta días, con sus cuarenta noches, fueron necesarios para el retiro espiritual de Jesús en el desierto previo al inicio de su predicación pública, enfrentándose a sus particulares tentaciones.

Porque cuarenta es más que un número, es una vida. Hoy los avances científicos en el ámbito de la medicina, de la alimentación, el incremento de la calidad de vida, las medidas de salubridad e higiene, han llevado a que en países como el nuestro, la esperanza media de vida ronde los ochenta años, cifra muy alejada a la media de hace dos mil, tres mil o cuatro mil años, cuando los que vivían más de cuarenta años podían considerarse unos auténticos privilegiados. Por eso, cuarenta años de peregrinación por el desierto valdrían a Moisés para cribar a toda la generación que, desconfiando de los prodigios de Dios, se entregaron a la idolatría a los pies mismos de su santuario natural en el Sinaí.

Cuarenta días es también el plazo de tiempo que, desde la Baja Edad Media, algunas ciudades adoptaron como tiempo de espera antes de que los navíos aportasen en sus muelles. Es el caso de Venecia, donde para prevenir que las embarcaciones que llegaban a sus aguas pudiesen diseminar el contagio de ciertas enfermedades, algunas tan temidas como la peste o la lepra, decidieron que todas estas naves debían amarrar por precaución en una isla cercana, llamada Santa María de Nazareth, pasando allí los cuarenta días siguientes, con sus cuarenta noches. Muchas otras islas imitarían esta función, adoptando instalaciones semejantes, a fin de poder cumplir allí el tiempo completo de cuarentena. A quienes la superaban, se les consentía pisar tierra firme, volver a vivir...

Con el tiempo, a estos lugares comenzó a conocérselos como Lazaretos, en recuerdo de aquel buen amigo de Jesús, Lázaro, por quien él derramó lágrimas de tristeza y al que hizo regresar de entre los muertos, al mundo de los vivos, después de pasar varios días en el sepulcro. Por ello también los enfermos de lepra y pestilencia eran llamados lacerados, con el deseo de que, al igual que Lázaro de Betanía, tras su paso por la vida que no es vida, pudiesen retornar a tierra firme, resucitando a la existencia terrena y cotidiana. Algo que, por defecto, se le permitía al cabo de cuarenta días a todas esas otras personas que, por mera prevención, habían sido confinadas en la isla de Santa María de Nazareth, en Venecia.

Así es la Cuaresma, un auténtico tiempo de cuarentena espiritual para buscar y reconocer nuestras propias enfermedades, no tanto las corporales, sino las del alma, a la espera de que, como a Lázaro, se nos conceda una segunda, una tercera, una cuarta… Una enésima oportunidad para regresar a tierra firme, a la convicción segura, a la fe insondable, en una barca cuyo timonel nos conducirá siempre a buen puerto, ayudándonos a remar en el océano de nuestras faltas y desesperanzas, de nuestros egos e inseguridades, concediéndonos la alegría de ver con nuevos ojos el mundo que Él mismo hará nuevo al término de esta cuarentena, cuando su sepulcro (y el nuestro) vuelva a estar vacío y movida la piedra que bloquea nuestro corazón.

Alfonso Daniel

lunes, 27 de febrero de 2017

ANÓNIMO ISCARIOTE!!!


Judas Iscariote. Todos creemos conocerle. Estamos seguros, completamente convencidos, de que este hombre abandonó el cenáculo antes de acabar la cena, de que se presentó ante las autoridades, delató a Jesús a cambio de treinta piezas de plata, lo identificó en el huerto de los olivos dándole un beso en la mejilla y, menos de 24 horas después, atormentado por la culpa, trató de devolver las monedas a los sacerdotes, ante su negativa las arrojó al suelo del templo y terminó colgándose de una higuera, porque sus remordimientos eran tan grandes, que superaban con creces a su esperanza. Todo esto sabemos de Judas Iscariote pero, realmente, nada sabemos sobre él. Ni siquiera algo tan sencillo, tan común, tan necesario como su propio nombre, por la simple razón de que Judas Iscariote no se llamaba así.

En el Nuevo Testamento, muchas de las personas reciben dos o incluso más nombres. Simón es llamado Pedro. Tomás es llamado Dídimo. Saulo es llamado Paulo. Hasta el mismo Jesús aparece como Emmanuel, pues al nombre de nacimiento le sucede otro que se explica en su personalidad, en su identidad para la vida eterna. Algo semejante ocurre, pero a la inversa, con Judas, la sombra de la traición, cuyo nombre dejó de formar parte del libro de la vida (Apocalipsis 22,19), para hacer así eterna su condenación. En el derecho romano, a esto se le llama damnatio memoriae. Hacer desaparecer el nombre de una persona de todo tipo de monumentos, inscripciones y documentos, para negarle la posibilidad de renacer en el más allá. Es la castración del alma, la peor sentencia jamás pronunciada.

Fueron los egipcios los primeros en practicarla. Creían que el nombre de una persona tenía facultades mágicas y que si el dios de los muertos, Osiris, no podía pronunciar el nombre del difunto, tampoco podría resucitarlo a la vida ultraterrena. De ahí que en las tumbas se escribiese el nombre de su propietario hasta el aburrimiento, mandando que figurase por doquier en sus paredes, junto al himno “Que mi nombre florezca por los siglos y por la eternidad”, una oración sin la cual las almas no podían despertarse y respirar tras dejar atrás el cuerpo perecedero. Aun así, aquellos faraones que se granjearon el odio del pueblo, o lo que es peor, el odio de sus sacerdotes, fueron borrados a golpe de cincel y martillo, con el objeto de matarlos también en la otra vida. Es lo que hicieron con Hatshepsut, Nefertiti, Ajnatón, Ay, nombres que permanecieron sumidos en tinieblas durante casi tres milenios…

¿Quién no recuerda aquella escena de “Los Diez Mandamientos”, de De Mille, en la que el faraón Seti I condena a su sobrino, el joven príncipe Moisés, al olvido: un destierro mucho mayor que el del simple mundo material? Dijo así: “Que el nombre de Moisés quede suprimido en todos los escritos y lápidas; suprimido también de todas las columnas y obeliscos e, igualmente, de cualquier monumento de Egipto; que el nombre de Moisés no vuelva a oírse ni a pronunciarse, que quede borrado de la memoria de todos para siempre”. Entre los egipcios, para referirse a aquellos que han sido condenados a la pena máxima, la damnatio memoriae, se les llama mediante un nombre distinto al suyo, como cuando denominaron Tiy y Pentauret a aquella reina y a su hijo, culpables de orquestar la conjura del harén para dar muerte y quitar el trono al faraón Ramsés III. Nunca conoceremos sus nombres verdaderos, como tampoco sabremos cómo se llamaba aquel joven de la villa de Keriot, cerca de Hebrón (tal es lo que significa Iscariote), que vendió a Cristo por treinta piezas de plata.

¿Pero por qué llamarle Judas? Su nombre latinizado nos dice menos que el arameo original, Judá. Éste nombre no sólo alude a la región de la Judea, sino que, por extensión, es también una mención velada de su epónimo, el patriarca Judá, uno de los hijos de Jacob y cabeza de la más numerosa de las doce tribus. En el cuarto Evangelio, San Juan refiere cómo durante la última cena Jesús hizo un paralelismo entre las doce tribus de Israel (en las que se constituyó la vieja alianza) y los doce apóstoles (quienes se dispersarán por el mundo moderno, configurando una nueva geografía del cristianismo, más allá de cualquier frontera terrenal). Entre las doce tribus de la vieja alianza y las doce de la nueva, sólo uno de los apóstoles comparte su nombre con uno de los patriarcas, hijos de Jacob. Y no es casual que éste que buscamos sea, precisamente, Judas Iscariote.

Fue Judá quien, para deshacerse de su hermano José, manifestó la idea de venderlo a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Esta traición, a la postre, salvaría de la muerte tanto a Egipto como a Canaán, gracias a que al interpretar correctamente los sueños del faraón y gestionar sabiamente los excedentes, el trigo del valle del Nilo alimentaría a ambos pueblos librándolos de la hambruna. La traición de Judas también fue germen de vida, una piedra necesaria en el camino de la salvación, aunque aquí la redención no se circunscribe a un espacio geográfico o a un tiempo concreto, sino a que se transmite a toda la Creación. Jesús, en la cruz, al expiar todos nuestros pecados, nos abre las puertas, hasta entonces cerradas, de la vida infinita, guarecidos en el corazón de Dios, libres de otra hambruna, de otra corrupción bien distinta, la del pecado y la muerte.

Esta mímesis entre Judas y Judá no concluye aquí, ya que se activa como un recordatorio indeleble, supurante, de aquel juicio donde los judíos negaron tres veces a Jesús, reclamando otras tantas ocasiones la liberación de Barrabás, quien por cierto es, como Iscariote, otro hombre sin nombre. Bar Abbâ, “el hijo del padre”, es sólo el circunloquio dicho por quien no  quiere pronunciar el verdadero nombre de alguien hecho prisionero por un crimen de sangre. Y Judas se convierte, siendo Judas, en la infausta alegoría de todo el pueblo judío, sobre cuyas espaldas se cuelga una y otra vez el sambenito de la crucifixión, cuando era éste un castigo otorgado por los tribunales romanos, y nunca por el sanedrín.

Pero con este nombre que se le ha querido dar al apóstol apóstata se nos insinúan todavía más cosas. Dicen que, incapaz de soportar la huella del pecado, se ahorcó. Los Evangelios canónicos no nos dicen a qué especie pertenecía este árbol donde se habría colgado, pero desde la antigüedad se cree que pudo haber sido una higuera. De hecho, Egeria, la primera peregrina a los Santos Lugares, testigo de primera mano de cómo era aquella región algunos siglos después de la existencia humana de Jesús de Nazaret, hace la siguiente descripción: “Desde el monte Olivete bajamos hasta el valle de Getsemaní, el lugar donde fue entregado el Señor, en el que hay tres lechos, en los que se recostó, y nosotros también lo hicimos para obtener gracias. En ese valle está también la iglesia de Santa María, que dicen que fue su casa, y desde la cual fue llevada en cuerpo al cielo. El valle de Getsemaní se llama allí de Josafat [Yahvéh juzga]. Desde Getsemaní subimos a la puerta de Jerusalén por muchos peldaños. En la parte derecha de la puerta hay un olivar. Y allí está la higuera en la que se colgó Judas, cuyo tronco se mantiene todavía rodeado de un cerco de piedras”.

Para los benévolos, que Judas optase por una higuera para colgarse, en lugar de un olivo, es una última muestra de entrega a la voluntad de Dios. Las higueras se caracterizan por poseer una madera bastante falsa, teniendo una apariencia sólida pero una escasa resistencia, de manera que se rompe con facilidad. Más aún con el peso de un cuerpo. Actuando así, Judas estaría dejando en manos de Dios la decisión de partir la rama y que su perdón fuese la vida, o no partirla y que su castigo fuese la muerte. No obstante, existe otra razón para disponer de su vida a los pies de una higuera, pues para el pueblo judío la higuera era símbolo de la Ley Mosaica. Era costumbre para ellos leer la Ley sentado a la sombra de una higuera. De hecho, el mismo Jesús llegó a la comprensión de que Natanael era un buen judío porque lo había visto debajo de una higuera, esto es, leyendo, aprendiendo y meditando sobre la Torah. En este sentido, los últimos pensamientos de Judas también tuvieron lugar bajo una higuera, es decir, reflexionando sobre el sentido de sus acciones a la luz de la Ley Mosaica, donde se obtiene el conocimiento sobre lo que es bueno y lo que es malo ante los ojos de Dios.

Este discernimiento sobre el bien y el mal ha llevado a la patrística a considerar que el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal no es otro que la higuera. Leemos en los Timbres de los Gloriosísimos Patriarcas Fundadores de la Sagrada Religión del Padre del Castillo: “Supongo la opinión de Moyses Barcesa, San Isidoro Pelusiota, Theodoreto, Procopio y Genadio, los quales juzgan, que fue Higuera el Arbol de la Ciencia, en qué probó Dios la obediencia de nuestro primer padre Adán. A la sombra de la Higuera, pues, batallavan el bien, y el mal, sobre qual avia de ganar la razon del hombre. Para vno, y para otro avia Ciencia y esto era lo que hazia mas reñida, y dudosa la contienda”. De hecho, un higo abierto muestra una clara semejanza con la matriz femenina, origen mismo de la vida. Tampoco nos debe extrañar que después de comer de la higuera, Adán y Eva descubran su desnudez y la cubran con hojas de higuera, el árbol que tenían más a mano: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron taparrabos” (Génesis 3,7).

La tradición de asimilar el árbol de la Ciencia al manzano es posterior, quizás porque en latín las palabras “manzano” (malus) y “malo” (malus) son homónimas. En todo caso, el significado que subyace a la historia de Judas es la del nuevo Génesis, el nuevo Adán, el hombre que hace nueva a la humanidad: Jesús de Nazaret. A diferencia con el viejo Adán, que había sucumbido ante el pecado, desconfiando de Dios, desoyendo sus consejos, ignorando su voluntad; el nuevo Adán es sumiso, auténtico y fiel: “Señor, si es posible, aparta de mí ese cáliz, para que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22,42). El apóstol apóstata se colgó de la higuera, como de la higuera, en la noche de los tiempos, se había colgado la tentación bajo la forma simbólica de una serpiente. Más que una persona de carne y hueso, en este pasaje Judas Iscariote parece representar la maldad que habita en el corazón del ser humano, la maldad en sí misma, no tanto la persona que sucumbe al pecado. Con su muerte, el bien triunfa sobre el mal, como el último capítulo, la victoria definitiva de una batalla en la que la humanidad había perdido el primer asalto, en el jardín del Edén.

Alfonso Daniel