domingo, 1 de abril de 2018

NEOFOBIA!!!


Estos días, un amigo me hablaba del gran parecido que existe entre dos profesiones, aparentemente, muy distintas: un sacerdote y un secretario de ayuntamiento. En ambos casos, cuando el sacerdote y el secretario se incorporan a sus respectivos destinos, el uno a la parroquia, el otro al consistorio, muchas veces, al preguntar la razón de cierta costumbre o la causa de determinado comportamiento, se les contesta siempre utilizando el mismo comodín: “Siempre se ha hecho así”. Da igual que actuar de ese modo tenga más o menos lógica, que sea más o menos práctico o que esté más o menos justificado. “Siempre se ha hecho así” y, por consiguiente, no caben planteamientos en contra, pues lo que se ha hecho hasta ahora cuenta con el aval favorable, mastodóntico, de los cinco, diez o quince últimos siglos. Es algo verdaderamente inamovible. Como la Torre Eiffel, las pirámides de Egipto o la Muralla China, hechas para perdurar. Ahí están. Y ahí se quedan... Hoy, mañana y siempre. Porque, si lo viejo ha funcionado bien hasta hoy, ¿por qué cambiarlo por algo nuevo que podría resultar peor? Todos conocemos el refrán: más vale malo conocido, que bueno por conocer o, puesto en otras palabras, lo viejo tiene solera, mientras que lo nuevo es sospechoso.

Esta Semana Santa que concluye me ha servido mejor para comprender eso de la neofobia. Me refiero al miedo o rechazo que algunas personas sienten o padecen frente a las cosas nuevas, drásticamente distintas. Por ejemplo, el momento de elegir a las doce personas a las cuales el sacerdote lavará los pies durante la misa vespertina de la Cena del Señor. Un año sí, otro también, siempre hay quien no se muestra contento con las personas propuestas o que ya han sido seleccionadas. Pues..., ¿deben ser doce varones? ¿O puede incluirse también a las mujeres entre los apóstoles? ¿Y qué hay de los niños...? Y, por mucho que se prolongue el debate, el intercambio de ideas no termina por convencer a nadie. Los que piensan de una manera, siguen pensando igual. Los que opinan de otro modo, no alteran su postura. Y, al final, en uno u otro momento, vuelve a aparecer esa bendita frase lapidaria con la que se pretende zanjar cualquier debate después de que se hayan acabado todos los argumentos razonables: "Siempre se ha hecho así". Y aunque tras dar la sentencia se haga el silencio, lo cierto es que no: no siempre se ha hecho así...

Si hablamos de fidelidad histórica, entonces debemos plantearnos cómo fue el primer lavatorio, sus protagonistas, sus circunstancias, sus detalles. Por ejemplo, la edad que tenían los apóstoles. Cabe decir que la esperanza y calidad de vida en el siglo I distaba mucho de la que hoy gozamos. El mismo Jesús, crucificado en la treintena, estaría considerado ya todo un señor maduro, a las puertas de la senectud y, si no hubiese aceptado el camino del Padre, de todos modos no habría pasado de cuarenta años o, con suerte, de cuarenta y cinco. En el baremo opuesto, muchas pistas colocan al Apóstol San Juan como el discípulo más joven, quizás imberbe, a quien se le pueden atribuir unos quince años para el tiempo de la crucifixión. La tardía composición de su evangelio, casi a finales del siglo I; el favoritismo de Jesús hacia él; el hecho de haber pasado inadvertido en el Calvario; o su entrega como hijo a la Virgen..., apoyan la idea de un San Juan niño o, a lo sumo, adolescente. En consecuencia, siendo prudentes, obtenemos que el grupo original de los seguidores más cercanos de Cristo oscilaba entre los quince y los cuarenta años. Lo que coincide con la salud y el vigor físico necesario para salir a pescar en plena tempestad o para recorrer a pie, y así hasta tres veces, las tierras de Judea, Samaria y Galilea.

Ahora bien, ¿cómo irían vestidos? Sabemos de la tristeza con que Jesús despidió al joven rico, incapaz de renunciar a sus bienes materiales; o las muchas veces que el Mesías insistió, con sus parábolas, en la necesidad de dejar atrás lo físico y lo terrenal a fin de poder ganarse un lugar en el Reino de los Cielos. No parece muy creíble, luego, que los apóstoles fuesen por ahí vistiendo caros ropajes, en lugar de túnicas viejas y raídas, predicando con el ejemplo de su propia pobreza. Esto se puede verificar en las palabras de San Pedro, reprobando el gasto de una libra de perfume de nardos a la hora de lavar los pies del Salvador. Así, en cada aldea por la que pasaban, consta cómo se hospedaban humildemente, en aquellas casas donde se les recibía, comiendo de lo que generosamente se compartía se compartía. De hecho, el discurso de Jesús, al enunciar las obras de misericordia, parece indicar cómo este grupo también se debía de vestir y abrigar con aquellos mantos que provenían de la caridad y favor de sus anfitriones. Nada ostentoso, nada caro, nada llamativo...

Más allá de esto, las tres subidas de Jesús y de su círculo a Jerusalén, en esa infatigable caminata que les llevó a pasar haciendo el bien por todo su país, les haría acumular a todos ellos un sudor maloliente, penetrante, en las arrugas y pliegues de su piel, mientras el polvo y la tierra del camino acababan por incrustarse entre sus barbas y cabellos, largos y desaseados, tanto como entre las comisuras de sus pies. Y si el propio Jesús dijo aquello de "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos" también se puede entender entre líneas como "no tienen necesidad de ser lavados los limpios, sino los sucios". Lo uno y lo otro nos mueve a pensar que, durante la Última Cena, en aquel lavatorio, la higiene personal de los apóstoles no debía de ser la más recomendable. El hecho mismo de que San Pedro sintiese recelos de ser lavado por las manos de su maestro nos hace pensar en lo poco digna que había de ser apariencia...

Sabiendo esto, uno puede hacerse la pregunta sobre si hoy en día un grupo de doce varones, limpios y perfumados, vistiendo sus mejores galas, trajeados y encorbatados, de cincuenta, sesenta o setenta años, responden o no a la realidad histórica del momento que vivieron Jesús y los apóstoles durante el lavatorio. A mí, personalmente, y visto lo visto, me parece su más completa y radical antítesis. Lo que no significa que sea una elección ni mejor, ni peor, que otras muchas, sino, sencillamente, que no es algo que se puede fundamentar en el tan traído "Siempre se ha hecho así" porque, de hacerlo, estaríamos faltando a la verdad ya que, en las propias Escrituras, el lavatorio constituye uno de los mayores símbolos de servicio y entrega al prójimo, más allá de su edad, de su género, de su vestimenta o de su higiene personal, dado que "el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos". La conmemoración del lavatorio cada Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, debe ser, por lo tanto, más que la mera repetición de un acto que, a fuerza de hacerse siempre igual, podría terminar cayendo en una simple rutina carente de sentido, un gesto vacío de cualquier significado verdaderamente cristiano.

El cuarto Evangelio nos relata cómo Cristo, en la Última Cena, comparó a sus apóstoles con las doce tribus de Israel. En efecto, al seguir el camino de la evangelización y esparcir la semilla de Jesús por toda la faz de la Tierra, convirtieron al planeta entero en la nueva geografía de las doce tribus de Israel, en la casa universal de la Iglesia, destinada a abarcar y acoger todas las realidades habidas y por haber. Niños y mayores, hombres y mujeres, casados y viudos, solteros y divorciados, sordos e invidentes, etcétera... Todo ello me hace volver sobre las preguntas antes enunciadas: ¿Deben ser doce varones? ¿O puede incluirse también a las mujeres entre los apóstoles? ¿Y qué hay de los niños...? ¿Qué es lo más correcto? Creo que sólo existe una respuesta apropiada para estas preguntas y, como buen gallego, la puedo expresar mejor a través de otra pregunta: ¿Realmente hemos comprendido el mensaje de Jesús, de Dios todopoderoso hecho carne, al hincar sus rodillas agotadas en el suelo, para ponerse a frotar con sus propias manos los pies mugrientos de un grupo de peregrinos?

Alfonso Daniel

jueves, 23 de noviembre de 2017

UN SALTO DE FE!!!


Si yo hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero me faltase la FE, sería como campana que toca o címbalo que resuena. Si tengo el don de profecía, conozco todos los secretos y todas las ciencias, y tengo tanta confianza como para mover los montes, pero lo hago desde la FE, nada soy. Si entrego todo cuanto tengo a los pobres, incluso arrojando mi propio cuerpo a las llamas, pero carezco de FE, para nada me sirve.

La FE te vuelve paciente, servicial y sin envidias. No presume, ni se engríe. No es te vuelve indecoroso ni que busques tu propio interés. No se irrita, ni lleva cuenta del mal. No se alegra de la injusticia, si no que goza con la verdad. Gracias a la FE, todo se perdona, todo se cree, todo se espera, todo se soporta.

Porque quien tenga FE, no morirá nunca.

Alfonso Daniel

miércoles, 22 de noviembre de 2017

ME PARECIÓ VER UN LINDO GATITO!!!


Te presento al gato de Schrödinger. Ahí está, tan ricamente, dentro de su caja opaca, de la que no sale ni para comprarse calcetines. Lleva metido desde 1935, cuando un tal Erwin Schrödinger lo encerró junto a una botella de gas venenoso unida a un dispositivo que tiene el 50% de posibilidades de hacer estallar la botella, liberar el veneno y provocar que nuestro lindo gatito se vaya maullando al cielo de las mascotas. ¡Que ya hay que tener malas pulgas (las del científico, no las del gato)! El resultado es que, como nadie se ha atrevido a abrir la caja, tampoco hay nadie que pueda sacarnos la duda sobre si el detonante ha hecho badabún o si todavía hay que importar una pieza de Alemania para que el mecanismo funcione. Concluyen los teóricos de la física cuántica que, a tenor de estas circunstancias, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo. ¡Ahí es nada!

Yo, que soy de letras, pienso que el gato debió de consumir todas sus vidas hace bastante tiempo, porque 82 años sin nada que meterle al buche es un lapso suficientemente grande como para morirse siete veces de inanición (y, si me apuras, hasta unas cuantas más). Aunque a mí no me debería importar demasiado, porque soy alérgico a los gatos... Y al pelo de felino en general... Y de forma particular a los dientes de león... ¡Pero, qué le voy a hacer, si este gato me recuerda demasiado a los pacientes que esperan su cita con la Sanidad Pública! Que está enfermo, sí. Que hay un 50% de posibilidades de que pase a mejor vida antes de ser atendido por el médico, también. Pero mientras su nombre siga en la lista, se produce la paradoja: Es posible que esté vivo y muerto al mismo tiempo. Aunque nadie en el Ministerio se anime a destapar la caja de los truenos a fin de comprobar el resultado.

Hace unos días, releyendo la parábola de los talentos, tuve una relevación. Una amiga me dijo que lo que había tenido era, en realidad, una revelación, pero yo la saqué rápidamente de su error. Insisto. Y me explico. Fue una relevación, porque relevé mi teoría de equiparar al gato de Schrödinger con los pacientes de nuestro tan querido sistema sanitario por otra un poco más peregrina, más mística quizás, aunque creo que igual de acertada (dicho con modestia -ya que poca o mucha, todo viene siendo modestia en última instancia-). Llegué a la conclusión de que el dueño del último de los talentos, ése que se encargó de enterrar su regalo bien al fondo con la excusa de mantenerlo a salvo, había hecho lo mismo que aquel gran amante de los roedores que debió de ser Erwin Schrödinger. Tan a salvo puso su talento como libro que no sale de la biblioteca, como Ferrero Rocher que no se saca del envoltorio, como tesoro maya sin un Indiana Jones que venga a rescatarlo del olvido...

Una inutilidad. Una perogrullada. Un sinsentido. La torpeza del ignorante. La incompetencia del deficiente. En otras palabras. Lo que todos y cada uno de nosotros hacemos cada día, en cada hora: Una metedura de pata hasta la rodilla, un error garrafal del cual, la mayor parte de las veces, ni siquiera somos conscientes. Si bien, frente a nuestro amigo el enterrador, ahí están los otros dos talentosos dueños de sus respectivas monedas. Ése al que su hacendado le dio 5 y consiguió otras 5 y aquél al que le dio 2 y sumó otras 2, duplicando ambos su valía original. Visto lo visto, el hacendado le quitó su único talento a nuestro enterrador y se lo dio a su principal hombre de negocios, un auténtico Donald Trump de la vida, capaz de acabar el día con 11 talentos y siendo invitado a una cena de gala y, ya puestos, a presidir los Estados Unidos de América.

Fuera bromas, a través de esta parábola creo distinguir tres formas de enfrentarse a los talentos, los dones, los regalos, las cualidades, las actitudes y aptitudes con que Dios nos ha querido premiar a cada uno. Está el que las reconoce, el que las conoce y el que, directamente, las desconoce. Evidentemente, quien desconoce sus propias virtudes no las puede cultivar ni hacer buenas, no las puede poner en valor, ni para sí mismo ni para sus hermanos. Es como si, en realidad, nunca hubiesen existido. Y no, no es que el bueno del hacendado al final se decida a montar en cólera y le quite su porción en la tarta de beneficios, es que, oiga, ¡de qué beneficios me está hablando! Si nada tuvo, nada retuvo... De donde no hay, no se puede sacar. ¡Ojo al dato! Es posible que muchas veces nos crucemos con (o incluso seamos) uno de estos despistados, que pasan por la vida padeciendo una total ceguera ante sus múltiples capacidades. Entonces, nuestra responsabilidad quizás sea la de hacérselas palpables, tal como hace Piolín, siempre muy dispuesto a decirle a todo el mundo eso de "me pareció ver un lindo gatito".

Por el contrario, cuando uno ya es consciente de sus propios talentos, se le abre un corto abanico de posibilidades; tan corto que se limita a dos. La primera es guardárselos para sí mismo y quedarse toda cosa buena que le puedan rentar estas virtudes. Entonces, estaríamos conociendo nuestros dones, si bien el rendimiento va a ser limitado, porque nadie más verá ni compartirá los frutos. Yo puedo ser dueño de una semilla de la variedad más alta que exista entre las secuoyas, que si me limito a sembrarla en un tiesto diminuto, donde la tierra escasea, mi árbol apenas va a crecer unos centímetros. Con suerte, poco más de un metro. Su desarrollo nunca va a ser pleno... Pero si uno es quien de reconocer sus talentos y, por lo tanto, los prodiga ante los demás, es decir, los pone al entero servicio de los demás, obrando el milagro especialmente para los demás (aunque de rebote, uno también se pueda aprovechar de los beneficios mutuos), entonces nos encontraremos con que la tierra a cultivar es abundante y veremos crecer la semilla hasta dar lo más de sí misma, ofreciendo su sombra, su madera, sus piñas, su resina, a todo aquel que las pueda necesitar.

¿Y tú, cueces o enriqueces tus talentos? ¿Los desconoces, los conoces o los reconoces? Por lo que a mí respecta, ya solamente tengo algo más por decirte: "Me pareció ver un lindo gatito... de Schrödinger". 

Alfonso Daniel

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL DÍA DEL PADRE!!!


El Evangelio nos recuerda que “uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23:9). En la Biblia aparecen muchos nombres, muchas formas con las que llamar a Dios: Adonay, Elohim, El Shaddai, Yahvé, Yahvé-Sebaoth… Pero de ellas, quizás la mejor sea Abba, palabra que tiene el significado de Padre. De hecho, cada vez que rezamos la oración que él mismo nos enseñó, Dios quiso que le llamásemos así: Padre nuestro. Padre. Y es porque Dios nos ama como un padre o una madre aman a sus hijos… No es casualidad que el Papa Juan Pablo I, en su breve pontificado de poco más de un mes, sorprendiese al mundo entero durante el rezo del Ángelus, el 10 de septiembre de 1978, cuando dijo…: “Dios es padre, pero también madre”.

Igual que una madre tiene entrañas, y siente y ama y palpita desde las entrañas, también Dios tiene, de alguna manera, entrañas, esas entrañas donde nos abrazamos a la totalidad de la que nos habla el Papa Benedicto, el seno de Dios, donde el tiempo y el espacio llegan a su mayor plenitud: "Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría" (Spe Salvi, 12).

Es cierto que la Tierra es un lugar maravilloso, no cabe la menor duda. Pero incluso siendo maravilloso, aquí convive el amor con el dolor, la alegría con la tristeza, la esperanza con la desesperanza. Tenemos mejores momentos y peores momentos… Y aún así, sigue siendo un lugar asombroso, aunque un lugar, al fin y al cabo. ¿Cómo será, frente a esto que vivo, la presencia de Dios? En la antigüedad, los arpistas ciegos entonaban cantos, durante las cenas, mientras los comensales comían y bebían en abundancia. En esos cantos decían: “Vivid el día… Porque no sabemos qué va a pasar mañana. Nadie de los que se ha marchado ha vuelto a decirnos qué ocurre después”. Esos arpistas no conocían a Jesús. No habían escuchado hablar de un Dios que sí, que es Dios, pero que nos ama como un Padre, que nos pide que le llamemos Padre nuestro, que insiste en el Evangelio le consideremos como un Padre, el único padre verdadero.

Y yo te pregunto… Alguna vez, cuando alguien a quien amas te abraza, sea un padre, una madre, un marido, una mujer, un hermano, una hermana, un amigo, ¿has sentido esa una sensación agradable, íntima, sencilla? ¿Ese escalofrío, esa conexión profunda? ¿Te has sentido como en casa? De alguna manera, así me imagino yo, por lo que he leído y he visto, por cuanto he vivido en Cristo, que deben de ser las entrañas de Dios, que debe ser ese “sentirse como en casa”. Igual que los niños que a veces, en una noche de tormenta, buscan refugio en la cama de sus padres y lo encuentran. Y los truenos no asustan. Y las sombras de las ramas en la pared ya no importan. Y el aullido del viento es sólo viento. A cada uno nos asustan nuestras cosas, cada uno tiene sus fantasmas, sus miedos, como el miedo a morir o el miedo a que muera alguien a quien amamos.

Yo no puedo curar ni mis miedos, ni los tuyos, pero sé una cosa, que mis miedos se disipan o pesan mucho menos, cuando se los confío a mi padre. Me gustaría poder invitarte a hacer lo mismo.

Alfonso Daniel

COMPAÑEROS DE CELDA!!!


Releyendo la parábola de los talentos se me viene a la cabeza el ejemplo del Cardenal François Xavier Nguyen van Thuan. Y se pasean por mi mente las imágenes sobre la guerra de Vietnam, los helicópteros, los manglares, las milicias del vietcom..., que tantas veces hemos visto en desfilar por las películas americanas. Pues, en aquellos días, van Thuan era Arzobispo coadjutor de Saigón (que, junto a Hanoi, es una de las dos ciudades más importantes de Vietnam). Allí fue detenido por los comunistas y encarcelado. Se pasó 13 años en prisión, 13 años en las condiciones más duras que es posible imaginar, pues de estos 13, 9 los pasó en régimen de total aislamiento.

Si en los tiempos que corren yo acabase entre rejas, sin haber cometido más delito que declararme seguidor de Jesús, creo, estoy casi seguro, de que me enojaría mucho y no entendería nada, de que mi fe flaquearía y no le encontraría sentido a una injusticia tan grande. Quizás, me hundiría en un pozo de desolación, de angustia, de dolor, de autocompasión. Creo, incluso, que me pudriría poco a poco entre los muros y los barrotes y no sé si mi fe sería lo suficientemente firme como para salvarme de toda esta apatía o si se iría pudriendo poco a poco conmigo, al mismo ritmo que yo.

Por eso me asombra tantísimo el testimonio de vida del Cardenal van Thuan. Él entró en aquellas celdas y, en vez de ver barrotes, de lamentarse por la adversidad, de gritar a Dios y culparlo (¡qué fácil es echarle las culpas de todo lo que creemos que no nos merecemos!), lo que vio van Thuan fueron oportunidades. Tuvo la lucidez suficiente como para entender que él estaba allí por una razón tan clara que no la podía desaprovechar. Junto a él, en esa cárcel, había otros muchos condenados, tan inocentes como él, que no sabían si saldrían vivos de allí algún día o siquiera si verían el nacimiento de un nuevo día. Hombres y mujeres aislados, rotos, desolados, abandonados por todos, sumidos en ese pozo en el que a mí mismo me habría sido lo más fácil, lo más lógico, caer.

Así que, en medio de la oscuridad, van Thuan se cercioró de llevar la luz de Cristo a auténticos muertos en vida, enterrados entre paredes de piedra y verjas de hierro, a los que, de no ser porque van Thuan estaba allí, compartiendo destino, nadie, absolutamente nadie, podría visitar, acompañar, escuchar… Gracias a que van Thuan se dio cuenta, muy pronto, de que no estaba sólo en aquel zulo. No. Jesús estaba con él, sintiendo lo mismo que él, consolándolo, y van Thuan quiso presentar este amigo incansable a sus compañeros de presidio, pronunciando algunas de las enseñanzas más hermosas que se han dicho  sobre Jesús, como la de sus cinco defectos. 

Dice San Pablo: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Romanos 10:14-15). Pues van Thuan fue elegido,  enviado a hablar de Jesús en medio de tanta miseria, durante aquellos terribles 13 años. Ése es el regalo, el talento, uno de los muchos, que Dios le entregó al Cardenal van Thuan. Y él, a sabiendas o no de aquel don, lo puso a disposición de los demás, al servicio de los demás, logrando el mayor de los milagros: Que brotase la vida y la esperanza en el entorno más inhóspito posible.

Estoy convencido de que Dios quiere tocar nuestros corazones de una manera igual de radical y que esos talentos, esos dones, esos tesoros en vasijas de barro (2 Corintios 4:7) que somos, que tenemos, den fruto, que no los escondamos bajo tierra, que no nos los guardemos para nosotros mismos, ni siquiera cuando la vida se asemeja a un gigante invencible al que no tenemos idea de cómo hacerle frente. En medio de ese aguacero, de esa tormenta, de ese diluvio, si somos conscientes de que Jesús no nos ha perdido de vista, si lo sentimos remando a nuestro lado, nuestros talentos pueden desplegarse como velas, poniéndonos en rumbo de salvación y, quizás, recogiendo también a otros náufragos que se han ido perdiendo por el camino. 

Por eso yo hoy le pido a Dios que me ayude, que nos ayude a todos, a poner a servir esos talentos, no sólo cuando todo va bien, sino de forma muy especial cuando todo pinta desastrosamente mal. Le pido que convierta nuestra propia miseria en la grandeza de los demás, si somos capaces de compartir ese regalo, como dicen los votos nupciales, en la salud, pero también en la enfermedad, en la riqueza, pero también en la pobreza, haciendo que incluso en nuestros peores momentos, especialmente en los peores momentos, fructifique la semilla que tú, Señor, has querido sembrar en nosotros.

Alfonso Daniel

sábado, 21 de octubre de 2017

EL PADRE DE LA NOVIA!!!


Pareciera que el amor romántico llevase con nosotros toda la vida, desde que el hombre es hombre… Desde aquel mismo instante en que un Australopithecus se apeó del árbol y miró, al contraluz de un atardecer, una hembra de su misma especie bebiendo agua de un lago sobre cuyas aguas anidaban unos cisnes, mientras la música de unos violines amenizaba la escena… Lo cierto es que el amor romántico apenas tiene un par de siglos de existencia. Nació cuando un grupo de artistas, los románticos, se pusieron de acuerdo para escribir poesías o novelas ensalzando las pasiones desmedidas, incontrolables y generalmente trágicas, de los enamorados. En realidad, el amor romántico no lo crearon los escritores románticos, plenamente conscientes de la ficción poética, sino sus lectores, más persuadidos, en mayor o menor medida, de que todo aquello podría plasmarse en la vida cotidiana.

No nos engañemos. Hasta mediados del siglo XIX nadie se casaba por amor. Pensamos que los matrimonios concertados por pura conveniencia fueron cosa de dinastías reales, de reyes, príncipes, condes, duques, señoritos y burgueses, olvidándonos de que hasta los más pobres tenían que pasar por vicaría después de que entre sus respectivos padres se rubricase la escritura de dote y concierto matrimonial. Y lo hicieron vecinos con vecinos, amigos con amigos, parientes con parientes..., buscando siempre a alguien que aceptase sus condiciones económicas, su poder adquisitivo, quien más más, quien menos menos, mientras el amor que se profesasen sus hijos era lo de menos, un factor secundario. Nunca se les preguntaba si habían discernido su vocación al matrimonio, a la vida familiar, o si sentían en su corazón un amor puro e incondicional hacia sus futur@s espos@s. L@s más afortunad@s, se veían forzad@s a acudir a su propia boda después de un escarceo nocturno o un embarazo fortuito, única forma que tenían de intervenir en el proceso de elección.

Hace dos mil años la situación era aún peor… Nos llega con imaginar las noticias que, todavía hoy, nos llegan desde la India sobre niñas compradas por sus futuros maridos, adultos o incluso ancianos, para presuponer cómo hubo de ser el trato recibido antaño por las mujeres en el judaísmo, donde por causa de Eva su género no era más que un cero a la izquierda del cero de la izquierda… Todo lo cual me lleva a experimentar una gran compasión, una enorme empatía, hacia la mujer adúltera, ésa que se vio liberada de sus acusadores gracias a la intervención generosa de Jesús: Una mujer que, como todas las de su tiempo, en su niñez hubo de ser vendida al mejor postor, desflorada por un hombre mucho más mayor que ella, obligada a una relación sin amor en la que jamás tendría ni voz ni voto, cocinera, lavandera, vientre de alquiler, niñera y, en definidas cuentas, esclava de ese hombre que, por la ley, tenía la potestad de violarla cada vez que llegaba a su casa con ganas de sexo. Es la vida de cualquier mujer de aquel tiempo. Con la salvedad de que la mujer adúltera tuvo la desgracia de descubrir el amor romántico en los brazos de otro hombre.

No. Desde luego no puedo juzgar los pecados del marido, creyéndose dueño y señor de la vida de otra persona. Tampoco puedo juzgar a la turba de acusadores que quería apedrearla, creyéndose jueces y verdugos. No. No estoy llamado a juzgar a nadie, sino a mirar al prójimo con los ojos de la misericordia. Además, no puedo mirar y analizar la cultura del siglo I a través de las gafas del siglo XXI. Pero, aun así, no deja de dolerme el hecho de que sigamos sin comprender que, conociendo sus circunstancias, ninguna culpa había en la mujer. Absolutamente ninguna. No deja de dolerme que se malinterpreten las palabras de Jesús, después de que todos los que la habían condenado se fuesen sin arrojar ni la primera piedra, cuando dijo: “Vete y no peques más”. Y asumimos que, desde la perspectiva de Jesús, la mal llamada adúltera había pecado.

¿Es que Jesús no la conocía de antemano? ¿Acaso no había sufrido con ella en cada una de sus lágrimas? ¿No había tratado de restaurar su corazón después de que sus padres le revelasen que un hombre la había comprado, como si de una mercancía se tratase? ¿No se había roto por dentro al descubrir cómo el marido la desnudaba y la doblegaba por la fuerza? ¿No había sido testigo de la penosa situación a la que cada día ella era sometida? ¿No la había consolado a través de las dulces palabras de los caseros y los consejos de la tendera? ¿No había sentido la inmensa emoción de ella al sentirse querida, por fin, por otra persona? ¿No compartía, de veras, su misma felicidad? ¿No le había jurado también él, otro amor igual de verdadero, total e incorruptible, que lo llevaría a morir en lugar de ella, clavado a los maderos de la cruz?

Sí. Jesús lo sabía. Lo sigue sabiendo. Hoy, antes de sellar cualquier unión ante la faz de la Santa Iglesia debe mediar un expediente matrimonial, donde el sacerdote demuestra, a través de las declaraciones de los contrayentes y de los testigos, que ambos acceden libremente a esta unión. Es éste un requisito indispensable. De no ser así, dice el derecho canónico, el matrimonio resulta inválido, nulo, ante los ojos de Dios. Es como si jamás hubiese existido. Por eso, ante los ojos de Jesús, aquel matrimonio de la adúltera, no podía ser más que una farsa, una pantomima escenificada en medio de aquella cultura escasamente avanzada en cuestiones sociales. “Vete y no peques más”. No porque hayas pecado, muchacha. Porque ha sido el mundo el que ha pecado contra ti. Pero si ahora te dijese otra cosa, volverán a traerte a esta palestra. Tratarán otra vez de lapidarte y, si no saben de mí, si no me conocen, si aún no han recibido mis buenas noticias, acabarán lo que hoy quisieron empezar… Por eso, hoy sólo puedo salvarte pidiendo que asumas la ley, que no vuelvas a repetir tu conducta.

Lo más triste de todo es que, dos mil años después, se siguen condenando en nombre de Dios, en nombre de la ley, en nombre de la moral, falsos delitos, falsos crímenes, tan falsos como el de aquella mujer adúltera que nunca conoció el adulterio.

Alfonso Daniel

viernes, 20 de octubre de 2017

QUÉ CARA!!!


En apariencia, todas las monedas constan de una cara y de una cruz, indivisibles la una de la otra. De hecho, sólo los tramposos y los crupieres de los casinos saben dónde conseguir monedas con dos caras o dos cruces... No extraña, por tanto, que aquellos denarios que se destinaban en la Judea de hace dos mil años a pagar los tributos de Roma mostrasen la efigie del Emperador, con su cara y con su cruz. Como dijo Jesús: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Respondiéronle: Del César. Entonces les replicó: ¡Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!” (Mateo 22, 20-21). La duda surge al imaginar cómo son las monedas de Dios porque, ¿cuál es su verdadero rostro, cuál su auténtica cara? ¿Será la de ese anciano bonachón que peina canas y goza de barba bien poblada? ¿O se corresponderá con el ojo que todo lo ve, en medio del triángulo místico de la Trinidad? ¿Quizás se trate del perfil grabado en negativo sobre la Síndone de Turín? ¿O del joven melenudo y apuesto que aparece en nuestros crucifijos?

En lo tocante al verdadero rostro de Dios, todo son incógnitas. Su cara es desconocida, más allá del sincretismo religioso llevado a cabo por los primeros cristianos, al trasplantar sobre su piel unas facciones robadas a Zeus y compartidas con Júpiter, su homólogo romano, el viejo y arrugado padre de los dioses. Por su parte, la Santa Faz es, también, producto de unos cánones artísticos perpetuados por la replicación, una y otra vez, del mismo modelo, cuyo origen real se remonta a la noche de los tiempos. Admitámoslo: No, no tiene sentido. La cara de un Dios omnipresente, omnisciente, omnipotente..., omnímodo aunque intangible, no se puede plasmar sobre el dorso de un denario, no puede ser garabateada por los diseñadores de la Real Casa de la Moneda y Timbre. No. Y es que la moneda de Dios, la única de curso legal en el Reino de los Cielos, no tiene cara: Sólo tiene cruz, la cruz con la que Dios compró la redención de todo el género humano.

Estas monedas a las que me refiero no nos sirven a los hombres. Ningún valor tienen en este mundo. Con ellas no se puede ni comprar ni vender nada que dependa de las esferas de lo material. En estas monedas, lo contante y lo sonante sólo afecta al alma, ya no sólo por haber sido contrapartida de nuestra salvación, sino porque con ellas Dios ha querido comprar, igualmente, nuestro pasaje definitivo a la vida eterna. Era costumbre entre griegos y romanos que los muertos fuesen enterrados con una moneda sobre cada ojo y otra debajo de la lengua, el óbolo, a fin de pagar a Caronte, el barquero del inframundo, el viaje a través de los sinuosos ríos del infierno. Estas tres monedas satisfacían, por decirlo de alguna manera, el billete a los Campos Elíseos, pues a la hora de pagar tributos, griegos y romanos incluso tenían que pagar un impuesto especial para poder gozar de la vida en el más allá. Por el contrario, Jesús, con sus monedas sin cara, sólo con cruz, se cercioró de regalar la resurrección a todos los cristianos. Sin escatimar en gastos. Cargándolo todo a su cuenta, sobre su espalda, en los agujeros de los clavos y la hendidura de su costado…

Lo sé. Nuestras monedas siguen siendo como aquellos denarios romanos, pensados para enriquecer las arcas del César, pero acuñadas con el rostro de nuestros actuales reyes, esos otros reyes de lo transitorio que se limitan a llenar los falsos vacíos de nuestra voracidad terrenal. Muy a nuestro pesar, no nos llevaremos de este mundo nada que podamos cargar con nuestras manos. De ahí que debamos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; que debamos dar al César las corbatas, los zapatos, los relojes, las bicicletas, los deportivos, el maquillaje, las joyas, el cine, las almohadas, los juguetes, la música, la electricidad, los teléfonos móviles, la lencería, las tarjetas de crédito, los idiomas, la colonización cultural, los campos de fútbol, las ametralladoras, el invierno, las fiestas, los fuegos artificiales, las baratijas, los jardines, la fama, etcétera... ¡Démoselo! ¡Démoselo todo! ¡Con alegría! ¡Demos a la tierra lo que es de la tierra y a Dios lo que es de Dios...!

Especialmente, a Dios lo que es de Dios:
Nuestras almas, por las que tan alto precio pagó.

Alfonso Daniel